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Parte de su campaña
Producción
En 1936, en una cruz de caminos se encontraron las vidas de una pareja millonaria, un veterano entrenador, un jockey ex pugilista y un maltratado SPC.
Parece ser que Charles Howard llegó a millonario haciéndose de abajo. En 1903 cruzó los EEUU de costa a costa con unos pocos centavos en el bolsillo. Partiendo desde Nueva York, llegó a San Francisco y se las arregló para abrir un negocio de arreglo de bicicletas. Vista de águila para los negocios, en los comienzos de la industria automovilística supo descubrir la veta y, luego de entrevistarse en Detroit con el futuro fundador de la General Motors, regresó al oeste con una concesión de la marca Buick, que para la década del 20 era la más importante del país. En 1932, ya magnate del automóvil y habiendo sufrido la pérdida de un hijo en un accidente, se casó en segundas nupcias con Marcela Zabala, una joven actriz. Por esos años el estado de California autorizaba las carreras de caballos, y Howard fue uno de los grandes inversores en la construcción del hipódromo de Santa Anita. Junto a su esposa, comenzaron a comprar ejemplares y buscar entrenador. Tenían como objetivo ganar la carrera más cara del mundo: el Santa Anita Handicap, con cien mil dólares de premio al vencedor.
Tom Smith se crió entre caballos. De
chico anduvo entre las últimas grandes migraciones ganaderas de EEUU, después
fue domador de broncos que se vendían
al ejército inglés, y responsable de los animales de una feria ambulante que
cruzaba el país representando asaltos a diligencias y demás escenas del lejano
oeste. Se encontró sin empleo cuando murió el propietario para quien entrenaba
unos caballos de carrera, y entonces comenzó a deambular como peón por los
hipódromos de la costa occidental. Un día recibió como regalo a Oriley, un
purasangre incapaz de pagarse el techo y la comida corriendo. Con él puso en
práctica su sencilla y al mismo tiempo difícil forma de entrenar, basada en la
comprensión del animal. Dormía al lado del box del caballo, lo miraba en
silencio durante horas, le pasaba las manos por el cuerpo y trataba de
entenderlo a fondo. Al tiempo Oriley salió de perdedor. Un testigo de la
particular forma de trabajar de Smith lo recomendó a Howard. En la búsqueda de
entrenador, el millonario hubiera podido contactar al más cotizado, pero luego
de una entrevista con aquel sesentón taciturno y algo misántropo refugiado en
la cuida de un único y mediocre animal, decidió contratarlo. Smith se encontró
de pronto con quince caballos a su disposición.
En junio de 1936 observaba el paseo
preliminar de una carrera en el hipódromo de Suffolk Downs cuando un caballo
feúcho, de físico esmirriado, se detuvo a mirarlo fijamente. Vio en el programa
que se trataba de un tres años nieto del por entonces considerado más grande de
todos los tiempos: Man O’ War. El caballo, llamado Seabiscuit, ganó, y Smith
volvió a cruzar miradas con él en el pesaje. Un mes más tarde, luego de otra
victoria en Saratoga, los Howard lo compraban por 7.500 dólares en una subasta.
Nadie aprende a los golpes. Cuando
Seabiscuit llegó a las manos de Smith era un animal malhumorado y violento,
víctima de malos tratos desde su nacimiento, aburrido de tanto correr y
empeñado en hacerles la vida imposible a quienes lo entrenaban. No comía,
pesaba entre 50 y 100 kilos menos de lo que debía, se negaba a correr cuando le
pegaban y se disparaba cuando querían retenerlo. Era un demonio en las
largadas, desobedecía la dirección que imponían las riendas, tenía problemas
crónicos en su mano izquierda y vicios algo sádicos en carrera, como esperar a
los rivales cuando estaba en punta, negarse a pasarlos cuando venía de atrás o
correr en zigzag como un zorro. Los jinetes solían arribar al disco colgados de
su pescuezo para no caerse.
En los entrenamientos, le puso vendas, protectores
y anteojeras, buscando con ellas que también a la hora de competir se
mantuviera concentrado solamente en correr. Johnny Pollard se entendió
rápidamente con el caballo, tal vez sintiéndose identificado en eso de soportar
garrotazos, apodándolo cariñosamente “Pops”. Entre cuidador y jockey fueron
limando los vicios desarrollados durante años de maltrato, tratando de no
contrariarlo, y Seabiscuit se transformó en un animal mucho más amigable,
aunque sin perder nunca su fuerte temperamento. Iba llegando la hora de
reprisar.
Debutando con el cuidado de Smith y
la monta de Pollard, entró cuarto. En su segunda salida, tercero, y a
continuación ganó dos clásicos. A finales de 1936, su propietario lo anotó en
el Handicap Scarsdale de Nueva York, prueba que ganó en tiempo record para la
pista. Luego, como su dueño había hecho treinta años atrás, cruzó todo el país
para ganar dos pruebas consecutivas en California rozando el record del mundo.
En su primera salida de 1937 derrotó al gran caballo Rosemont, y acto seguido
fue inscripto por Howard en el Handicap Santa Anita.
Ese
ajustado revés hizo más popular al caballo, a quien la revista Life le dedicó
un extenso reportaje gráfico en base a sus expresiones faciales. Al stud
llegaban pedidos para verlo desde todo el país, y la persecución de la prensa
se convirtió en un martirio para el entrenador Tom Smith, que llegó a eludir
reporteros presentando a otro animal para las sesiones de fotos. Se había
convertido en un fenómeno mediático que le robaba cámara a Roosevelt y Hitler
(los dejaría segundo y tercero respectivamente en la cantidad de columnas
periodísticas escritas en 1938).
A
partir de allí Charles Howard se dedicó a promocionarlo, sin descuidar el
merchandising. Hubo línea de sombreros para señoras, juegos de mesa, naranjas,
servicios de limpieza en seco e incluso hoteles marca Seabiscuit. El caballo emprendió una gira espectacular por
California, Nueva York, Rhode Island, Massachussets y Maryland, recorriendo
algo así como 50.000 millas. Corrió en 17 hipódromos y 7 estados diferentes, de
costa a costa e incluso yendo a México, ganando once carreras, batiendo cinco
récords, terminando sólo en una ocasión fuera del marcador y convirtiéndose en
el líder por dinero ganado de 1937. Así y todo no consiguió el título de Mejor
Caballo del Año. Ese honor le correspondió al invicto ganador de la Triple
Corona, el impresionante zaino negro War Admiral. Comenzó a hablarse de un
match.
Por
esos años sufrió un atentado. Un hombre pagado por apostadores de nombre James
Manning, fue detenido cuando trataba de entrar en el box del caballo en Santa
Anita para meterle esponjas en los orificios nasales. Según los entendidos, una
práctica difícil de detectar una vez consumada y capaz de provocar la muerte
del animal.
Expertos
en la crianza de SPC juzgan como perjudicial para el elevage el hecho de que
Samuel Riddle, propietario del aún hoy para muchos “Caballo del Siglo XX” Man
O´ War (para graficar la popularidad de este extraordinario campeón de 21
corridas, 20 ganadas y un segundo, baste decir que 2000 personas asistieron a
su funeral), lo haya mantenido en su carácter de padrillo como una empresa
privada, sirviendo sólo a yeguas de su mismo establecimiento. De esta forma,
muchas veces el caballo no se apareaba a las mejores hembras. Con Brushup tuvo
cinco hijos que no sobresalieron en la pista. El sexto fue War Admiral, nacido
en 1934, que bajo el cuidado del entrenador George Conway se convertiría en uno
de los más grandes purasangres estadounidenses. Su buena campaña de dos años
prefiguró la de tres, donde ganó brillantemente y de punta a punta cada una de
las instancias de la Triple Corona (en el Belmont Sakes marcó 2´28”3/5, superando
por 1/5 el record establecido por su padre en 1920), siendo el cuarto ejemplar
en ganarla luego de Sir Barton, Gallant Fox y Omaha.
La temporada como cinco años de
Seabiscuit tuvo un mal comienzo. Faltando semanas para que dispute por segunda
vez el Santa Anita Handicap, Pollard casi se mata en San Carlos al caerle
encima aplastándole el pecho Fair Knightness, una yegua de los Howard. Los
médicos le prohibieron correr por lo menos durante un año, y él mismo recomendó
ser reemplazado por su amigo desde la adolescencia George Woolf en la silla del
querido “Pops”. Woolf, apodado “El Hombre de Hielo” por su coraje, sangre fría
y sentido del tiempo, considerado uno de los grandes jockeys de la historia,
sufría de diabetes. Pasó largas horas junto a la cama de Red escuchando
detalles de la personalidad del caballo. En el citado Handicap de 1938,
Seabiscuit daba ventajas de hasta 13 kilos de peso a todos sus adversarios.
Woolf sabía que prácticamente sólo tendría un rival, Stagehand, que corría en
yunta con su hermano Sceneshifter. Los colores de sus chaquetillas eran
iguales, y sólo se diferenciaban por un detalle (algunos cronistas dicen que
eran las gorras de los jockeys, blanca en el primero y roja en su compañero,
otros dicen que eran las caretas de los caballos, blanca y azul
respectivamente). En la largada, Seabiscuit sufrió un fuerte pechazo y Woolf se
salvó de caer agarrándose del pescuezo. Cuando se recuperó, estaba encerrado
entre varios rezagados. En el opuesto vio un caballo muy adelante y lanzó a Seabiscuit
a descontar terreno, marcando un parcial de 800 en 44 1/5, mas de un segundo
por debajo del record mundial de entonces para la distancia, y tomando la
punta. Como Rosemont en la edición del año anterior, un rival comenzó a acortar
distancia. Woolf miró hacia atrás y se dio cuenta de que era Stagehand. La
yunta había cambiado el detalle (gorra o careta) y Woolf había desgastado a su
caballo persiguiendo al rival equivocado. Ganó Stagehand por hocico. Otra vez
se escapaba la carrera por escaso margen.
Esa
misma tarde en el hipódromo de Hialeah, en Florida, Wad Admiral se floreaba
logrando su décima victoria en forma consecutiva y su dueño, Samuel Riddle, que
hacía tiempo se tiraba dardos con Howard prensa mediante, aprovechó las
circunstancias para declarar que el enfrentamiento entre su caballo y un
segundón del oeste no tenía sentido. Pero público y medios a esa altura ya
exigían el enfrentamiento. Belmont Park ofreció una bolsa de 100.000 dólares
para organizarlo en el mes de mayo, Arlington Park otros 100.000, y Suffolk
Downs 70.000. Ambos propietarios aceptaron esta oferta pero la carrera a último
momento se difirió hasta junio por el estado de la mano izquierda de
Seabiscuit. Llegado el día y con las tribunas repletas, Smith descubrió otra
lesión en su pupilo y hubo una nueva postergación hasta fines del año, con
diferente escenario.
El establishment turfístico del este
de EEUU miraba a sus pares de la otra costa con menosprecio, considerando sus
carreras casi en el nivel de aficionados, por lo que Seabiscuit, aún habiendo
corrido en pistas del este, no consiguió que lo respetaran por esos lares. Allí
se corrían una fija con War Admiral, enorme comparado con su esmirriado rival y
de un temperamento diametralmente opuesto. Incluso en algunas publicaciones
salían caricaturas burlonas de Seabiscuit, que había conquistado con sus
hazañas de caballo humilde el corazón de muchos aficionados. War Admiral
mandaba con firmeza en las apuestas. Los especialistas veían a este último, más
dócil, ganando de punta a punta, ya que tenía muy buena velocidad de pique
mientras su rival no se caracterizaba por largar bien. En esas circunstancias,
al visitante Seabiscuit le sería imposible descontar el terreno perdido luego
de la suelta.
El día
anterior a la gran carrera Woolf examinó la pista, que estaba muy pesada, y
comprobó que junto a los palos había un tramo menos flojo, donde las huellas de
los tractores habían endurecido el piso. Wad Admiral tendría el lugar interno
en la largada, siendo el candidato lógico a echar mano de esa ventaja, pero el
viejo zorro Tom Smith había trabajado en el asunto. Con un despertador y las
baterías de un teléfono fabricó un timbre que podía accionar a distancia.
Sacaba a Seabiscuit a la cancha, accionaba el aparato y le pegaba un fustazo en
el anca, activando su reflejo natural para huír de los depredadores. A la
tercera vez el caballo había aprendido a salir escuchando el timbre, sin dar
tiempo a que la fusta lo tocara. También lo ejercitó con buenos sprinters.
El 1º
de Noviembre de 1938, la capacidad de dieciseis mil personas del hipódromo fue
ampliamente desbordada por una concurrencia de cuarenta mil, que a las cuatro
de la tarde se acomodaron donde pudieron. El denominado por los medios “The
Match of the Century” que serviría para dirimir el título de mejor caballo de
la nación, fue seguido por más de 40 millones de personas a través una
transmisión radial de la cadena NBC para todo el país, cuando la población de
EEUU era menos de la mitad de la actual. La carrera fue uno de los grandes
acontecimientos deportivos del siglo XX en ese país. Un mar de gente en ambos
lados de la pista le impidió al legendario relator Clem McCarthy llegar a la
cabina de transmisión, teniendo que relatar desde la largada. Dos personas
estaban pegadas a sus radios: uno, Franklin Delano Roosevelt, desde su despacho
en la Casa Blanca; otro, el Colorado Pollard, desde una cama de hospital.
Alguien
se arrimó hasta la cama de hospital del Colorado Pollard y dejó un sobre con
1.500 verdes, el 10% del premio.
A fines del año el caballo parecía
recuperado. Su dueño decidió hacerlo reaparecer en 1940, pese a que tenía más
del doble de la edad de sus rivales y a que no se conocía el caso de una
reprise tras tanto tiempo de inactividad y una lesión tan importante. Pollard
no estaba repuesto como “Pops”: según la impresión de un colega jockey, su
pierna parecía “un palo de escoba quemado”. Pese a que trabajaba con Seabiscuit
en el campo, no estaba en condiciones de competir. Reforzando su pierna con un
aparato de acero, él mismo reconocía que sólo haría falta un toque para que se
quebrara nuevamente. Pero en vísperas de la carrera le rogó a Howard que lo
dejara montar el caballo, pedido al que finalmente el propietario accedió luego
de consultas con su mujer y el entrenador.
Esta es
la versión de la carrera sobre la que coinciden varios testimonios. Pero hay
otros. Uno dice que en pleno derecho Kayak II chocó a Pollard, quien resistió y
pudo salir airoso junto a su caballo. Otro, muy interesante, lo brinda Antonio
R. Ostengo en su libro Historia del Turf
y el Elevage Universal. Allí dedica un capítulo entero a Kayak II, y dice: “…no defraudó las expectativas creadas en
torno a su importación. La primera parte de su campaña en pistas
norteamericanas la culminó al adjudicarse el Santa Anita Handicap de 1939,
triunfo que pudo haber repetido al año siguiente si un hecho ajeno a su noble
voluntad ganadora no se lo hubiese impedido. En 1940 se produjo el triunfo de
Seabiscuit en la misma carrera, el otro célebre caballo del afortunado Charles
Howard, que corrió en yunta con su compañero de techo. Seabiscuit estaba a un
paso de superar el record de sumas ganadas por caballo alguno en el mundo, y el
señor Howard, para que esto ocurriese, ordenó al jockey de Kayak II que lo
“corriese entretenido”. Fue así como se produjo una de las más grandes
injusticias que se recuerden en las pistas de carreras de todo el mundo. Kayak
II, contenido visiblemente por su jinete, se desempeñó en los últimos puestos
del lote, y su jockey sólo le permitió correr cuando advirtió que Seabiscuit ya
era el seguro ganador. De cabeza levantada, con la boca sangrante por su lucha
encarnizada con el filete que lo frenaba, Kayak II cruzó la meta detrás de su
compañero a quien, en lucha libre de favoritismo, hubiese vencido cómodamente.”
Un poco duras las palabras de Ostengo. Revisando la campaña de Seabiscuit
se detecta otra victoria sobre Kayak II el mismo año. Pero tal vez tenga razón
y la carrera haya sido ésa. Esa y no
otra. Siempre aporta el escuchar distintos puntos de vista, y éste parece
bastante verosímil.
Tiempo después de esa competencia,
convertido en una leyenda viviente, Seabiscuit fue retirado de las pistas. Poco
más tarde se erigió una estatua con su figura en el hipódromo de Santa Anita
(dirigentes del turf argentino, teléfono: ¿sabemos dónde están los huesos de
Botafogo, Yatasto o Forli, existe alguna plaqueta o monumento que los
recuerde?). Viajando una cantidad de kilómetros increíble, en seis
temporadas de competición había corrido 89 carreras, consiguiendo 33 victorias
y terminando 61 veces en el marcador. Estableció nada menos que 16 nuevos
records en hipódromos estadounidenses e igualó otro. Cosechó ganancias por
437.730 dólares, cuando los Howard lo habían comprado por 7.500. Qué manera de
ganarse el puchero…
Seabiscuit
(23 de Mayo de 1933 -
17 de Mayo de 1947)
|
||||||
Año
|
Edad
|
Carreras
|
1º
|
2º
|
3º
|
Ganancias en USD
|
1935
|
2
|
35
|
5
|
7
|
5
|
12.510
|
1936
|
3
|
23
|
9
|
1
|
5
|
28.995
|
1937
|
4
|
15
|
11
|
2
|
1
|
168.580
|
1938
|
5
|
11
|
6
|
4
|
1
|
130.395
|
1939
|
6
|
1
|
0
|
1
|
0
|
400
|
1940
|
7
|
4
|
2
|
0
|
1
|
96.580
|
Total
|
89
|
33
|
15
|
13
|
437.730
|
|
A
los 4 años: Mejor Caballo de Handicap
A
los 5 años: Caballo del Año
|
||||||
Enviado
al Ridgewood Ranch, como padrillo engendró 108 hijos. Su guapo corazón dijo
hasta acá llegamos el 17 de Mayo de 1947, cuando tenía sólo 14 años de edad. Su
propietario plantó un roble en el lugar donde lo enterraron, y la ubicación
exacta de esa tumba sólo la conocieron sus hijos. Tres años después, el propio
Charles Howard fallecía.
Buscando
en Internet pude encontrar un número del diario La Voz de Michoacán, México,
donde el periodista Demetrio Olivo entrevista a Guillermo Cardiel Zavala, un
hombre nonagenario que durante 35 años estuvo radicado en EEUU, trabajó para
Charles Howard, y conoció a Seabiscuit. Dice Cardiel: “Durante la Segunda Guerra Mundial, en Estados
Unidos se habían suspendido las carreras de caballos, el béisbol y otros
espectáculos masivos. Temían atentados. Pararon las carreras y las trajeron a
México. Así fue como conocí a Bing Crosby, aquel famoso cantante de la época,
que era amigo de los Howard y aficionado a las carreras. (…) por recomendación
suya fui a visitarlos California: allá nos arreglamos y me quedé a trabajar con
ellos de mayordomo en su criadero de yeguas. (…) Pude ver competir a
Seabiscuit, pero ya no en su momento de gloria, que fue poco antes, en 1938,
cuando derrotó a War Admiral. (…) Lo que sí recuerdo es que era un caballo
hermoso y temperamental. El carácter no lo perdió nunca. Hizo algo que ningún
otro ha podido repetir: luego de retirarse, volvió a correr y a ganar premios,
que es como si un boxeador jubilado volviera al ring. Yo lo cuidé precisamente
en ese receso y me siento orgulloso. Seabiscuit fue el mejor caballo de
carreras de Estados Unidos en esa época. Luego se le retiró para semental y
regresó al rancho. Allí vivió durante dos o tres años, hasta que murió de un
infarto. Así les pasa a los caballos de carreras. Casi todos se mueren del
corazón. Pero de las crías que dejó Seabiscuit, la mayoría fueron hembras. Eso
fue bueno porque las yeguas valen más. (…) Dejé el rancho de los Howard por la
muerte de mi patrón. El último de los Howard ha de haber muerto allá por 1973,
más o menos. (…) en ese momento se remataron como 300 caballos porque era la
única manera de sacarles algo.”
Entre sus grandes rivales, el Triple
Corona y Caballo del Año de EEUU en 1937 War
Admiral (1934, por Man O´War y Brushup, su medio hermano Hard Tack era el
padre de Seabiscuit) se retiró con una foja de servicios de 21 primeros, tres
segundos y un tercero en 26 carreras disputadas, cosechando 273.240 dólares.
Fue un gran reproductor y vivió hasta 1959. Kayak II en EEUU, nació como Kayak a secas en 1935 en el Haras Ojo
de Agua, hijo de los argentinos Congreve y Mosquita. Cumplió una campaña
clásica de 26 corridas, 14 ganadas, ocho segundos y un tercero, con 213.205
dólares ganados. Fue galardonado como Champion
USA Handicap Horse en 1939. Otro argentino, Ligaroti (1932, por Fogón y Lirica), propiedad de Bing Crosby y Lin
Howard, que perdió por hocico con Seabiscuit una polémica carrera-match en Del
Mar, abandonó las pistas con 24 corridas, 7 ganadas, 5 segundos y 2 terceros.
El viejo cowboy Tom Smith, que se
entendía mejor con los caballos que con los seres humanos y al que la prensa
apodaba Silent Tom, dejó a Howard y
durante varios años fue considerado el mejor entrenador de EEUU. En 1945
hallaron a uno de sus peones rociando un caballo con spray descongestionante.
Aunque él lo ignoraba, lo suspendieron. Volvió pero su prestigio ya había caído
en picada. Murió en 1957 y entró
Laura Hilldenbrand comenzó a investigar sobre la
vida del hijo de Hard Tack y su entorno en 1996. La escritora, que sufre el Síndrome de
Fatiga Crónica, cuatro
años más tarde dio a publicación un libro llamado “Seabiscuit, Mas allá de la
Leyenda”, que a los cinco días de editado estaba octavo en la lista de
best-sellers y dos semanas después, primero. Publicaciones como The New York Times, The Washington Post, Time, People y USA Today lo eligieron entre los
libros del año. Luego Hilldenbrand (que escribió la historia de
Seabiscuit en la cama, afectada por la enfermedad), fue contactada por el director de cine Gary
Ross, que al cabo dirigió la película Seabiscuit, estrenada el 25 de julio
de 2003, de 141 minutos de duración y un presupuesto de 87 millones de dólares.
Si uno está preparado para esquivar con un oportuno
quiebre de cintura a lo Negro Ortiz el discurso patriotero de casi toda
película yanqui que se precie de tal, el film se disfruta. Sin llegar a
extremos de estupidez stalloniana tiene ese molesto “mensaje”, cierto engolamiento y algunas
exageraciones. Contar una historia de perdedores que terminan triunfando en
plena crisis de los ´30 debe haber sido una tentación insuperable para dibujar
una metáfora de la recuperación del país. En cuanto a las exageraciones,
distorsiones y omisiones biográficas en las que cae, tal vez buscando mayor
impacto emocional en el público, tiene la virtud de equilibrar algo las cosas
mostrando imágenes de los acontecimientos reales, como el famoso duelo en
Pimlico. El director de la película y la escritora del libro son aficionados al
turf, el abuelo del actor Jeff Bridges (que encarna a Howard) era un burrero
con respetable asistencia al HP de tres o cuatro veces por semana y hay dos
papeles que no son cubiertos por actores sino por jockeys de la vida real: el
personaje de George Woolf es actuado por Gary Stevens, y el de Charlie
Kurtsinger por Chris McCarron. En definitiva, mas allá del mensaje patriotero,
escenas agrandadas fácilmente detectables por cualquier carrerista aficionado y
demás, el burrero de ley seguramente pasa un muy buen rato mirándola. Hay
escenas para soltar el lagrimón. Yo particularmente me emocioné mucho en dos:
la primera, cuando caballo y jockey se reencuentran en el campo entre
rengueras, vendas y muletas. Otra, esa en la que la cámara toma desde atrás a
Seabiscuit y su amigo Pumpkin mirando la lluvia echados y al cobijo de un
galpón con los portones abiertos.
Links y videos recomendados.
Heritage Foundation (excelente)
Wikipedia
American Experience
An American Legend
Película Seabiscuit (2003): click en sección "Cine Burrero" de Los Pingos de Todos.
Video del match War Admiral vs Seabiscuit
* Un especial agradecimiento a Juan Ignacio "Nacho" Escario, de la página www.jockeysite.com quien desde Madrid, España, permitió utilizar como una de las fuentes del presente artículo la información allí detallada.
Marcelo Fébula





















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