martes, 18 de noviembre de 2014

Seabiscuit


























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            En 1936, en una cruz de caminos se encontraron las vidas de una pareja millonaria, un veterano entrenador, un jockey ex pugilista y un maltratado SPC.




   
Parece ser que Charles Howard llegó a millonario haciéndose de abajo. En 1903 cruzó los EEUU de costa a costa con unos pocos centavos en el bolsillo. Partiendo desde Nueva York, llegó a San Francisco y se las arregló para abrir un negocio de arreglo de bicicletas. Vista de águila para los negocios, en los comienzos de la industria automovilística supo descubrir la veta y, luego de entrevistarse en Detroit con el futuro fundador de la General Motors, regresó al oeste con una concesión de la marca Buick, que para la década del 20 era la más importante del país. En 1932, ya magnate del automóvil y habiendo sufrido la pérdida de un hijo en un accidente, se casó en segundas nupcias con Marcela Zabala, una joven actriz. Por esos años el estado de California autorizaba las carreras de caballos, y Howard fue uno de los grandes inversores en la construcción del hipódromo de Santa Anita. Junto a su esposa, comenzaron a comprar ejemplares y buscar entrenador. Tenían como objetivo ganar la carrera más cara del mundo: el Santa Anita Handicap, con cien mil dólares de premio al vencedor.

            Tom Smith se crió entre caballos. De chico anduvo entre las últimas grandes migraciones ganaderas de EEUU, después fue domador de broncos que se vendían al ejército inglés, y responsable de los animales de una feria ambulante que cruzaba el país representando asaltos a diligencias y demás escenas del lejano oeste. Se encontró sin empleo cuando murió el propietario para quien entrenaba unos caballos de carrera, y entonces comenzó a deambular como peón por los hipódromos de la costa occidental. Un día recibió como regalo a Oriley, un purasangre incapaz de pagarse el techo y la comida corriendo. Con él puso en práctica su sencilla y al mismo tiempo difícil forma de entrenar, basada en la comprensión del animal. Dormía al lado del box del caballo, lo miraba en silencio durante horas, le pasaba las manos por el cuerpo y trataba de entenderlo a fondo. Al tiempo Oriley salió de perdedor. Un testigo de la particular forma de trabajar de Smith lo recomendó a Howard. En la búsqueda de entrenador, el millonario hubiera podido contactar al más cotizado, pero luego de una entrevista con aquel sesentón taciturno y algo misántropo refugiado en la cuida de un único y mediocre animal, decidió contratarlo. Smith se encontró de pronto con quince caballos a su disposición.
En junio de 1936 observaba el paseo preliminar de una carrera en el hipódromo de Suffolk Downs cuando un caballo feúcho, de físico esmirriado, se detuvo a mirarlo fijamente. Vio en el programa que se trataba de un tres años nieto del por entonces considerado más grande de todos los tiempos: Man O’ War. El caballo, llamado Seabiscuit, ganó, y Smith volvió a cruzar miradas con él en el pesaje. Un mes más tarde, luego de otra victoria en Saratoga, los Howard lo compraban por 7.500 dólares en una subasta.

           
Johnny “Red” Pollard, canadiense nacido en Edmonton, era hijo de una familia arruinada por la pérdida de su fábrica de ladrillos como resultado de una inundación. A los 15 años fue llevado a EEUU por un amigo de los suyos que lo abandonó en Montana, donde comenzó a correr caballos de carrera. Alto, fuerte y con problemas para dar el peso, allí estuvo más de un año sin ganar una sola competencia, y para poder comer se dedicó también al boxeo. No hay constancias de que haya ganado alguna pelea, y en ese duro oficio perdió la visión de un ojo. Repartió sus tiempos de jockey aprendiz entre los veranos de Vancouver, Canadá, y los inviernos de Tijuana, México, para recalar finalmente en Nueva York. Allí comenzó a ganar carreras, pero perdió prestigio rápidamente por su vida de bohemio y tuvo que buscar nuevos rumbos. Pasó por Detroit, donde fue rechazado por varios entrenadores, hasta que en el verano de 1936 conoció a Tom Smith.

           
Nacido caballo de carrera y criado en el Wheatley Stable de Kentucky, desde temprano la vida había maltratado mucho al áspero y contrahecho Seabiscuit (Galleta de Mar, debía su nombre al pan duro que se servía a bordo de los buques de guerra). Bajo el “cuidado” de Sunny Jim Fitzsimmons debutó el 17/01/35 en Hialeah Park con un cuarto puesto, y salió de perdedor 17 carreras más tarde en Narragansett Park. Compitiendo generalmente en hipódromos de la costa oeste, como dos años corrió nada menos que 35 carreras, ganando solamente cinco. Como tres años otras 23, con nueve victorias, momento en el cual fue adquirido por los Howard. Tiempo atrás su primer dueño había intentado infructuosamente regalárselo a un pariente para que lo utilizara en el polo.
Nadie aprende a los golpes. Cuando Seabiscuit llegó a las manos de Smith era un animal malhumorado y violento, víctima de malos tratos desde su nacimiento, aburrido de tanto correr y empeñado en hacerles la vida imposible a quienes lo entrenaban. No comía, pesaba entre 50 y 100 kilos menos de lo que debía, se negaba a correr cuando le pegaban y se disparaba cuando querían retenerlo. Era un demonio en las largadas, desobedecía la dirección que imponían las riendas, tenía problemas crónicos en su mano izquierda y vicios algo sádicos en carrera, como esperar a los rivales cuando estaba en punta, negarse a pasarlos cuando venía de atrás o correr en zigzag como un zorro. Los jinetes solían arribar al disco colgados de su pescuezo para no caerse.
           
Smith se abocó a comprenderlo, intuyendo que en algún momento podría sacar el potencial heredado de su notable abuelo paterno. Le dio descanso y la oportunidad de relacionarse de otra manera con quienes lo rodeaban. Lo alojó en un box el doble de grande que lo normal, y le asignó compañeros de cuarto: un mono llamado Jo-Jo que dormía abrazado a su cuello, Pocatell, un perro de la calle que hacía lo propio acurrucado contra su barriga, y un tranquilo caballo de trabajo rural, Pumpkin, que sería su compañero para toda la vida.
En los entrenamientos, le puso vendas, protectores y anteojeras, buscando con ellas que también a la hora de competir se mantuviera concentrado solamente en correr. Johnny Pollard se entendió rápidamente con el caballo, tal vez sintiéndose identificado en eso de soportar garrotazos, apodándolo cariñosamente “Pops”. Entre cuidador y jockey fueron limando los vicios desarrollados durante años de maltrato, tratando de no contrariarlo, y Seabiscuit se transformó en un animal mucho más amigable, aunque sin perder nunca su fuerte temperamento. Iba llegando la hora de reprisar.

            Debutando con el cuidado de Smith y la monta de Pollard, entró cuarto. En su segunda salida, tercero, y a continuación ganó dos clásicos. A finales de 1936, su propietario lo anotó en el Handicap Scarsdale de Nueva York, prueba que ganó en tiempo record para la pista. Luego, como su dueño había hecho treinta años atrás, cruzó todo el país para ganar dos pruebas consecutivas en California rozando el record del mundo. En su primera salida de 1937 derrotó al gran caballo Rosemont, y acto seguido fue inscripto por Howard en el Handicap Santa Anita.
           
La celebridad comenzó a llegarle con una derrota. El 27 de febrero de 1937, sesenta mil aficionados se dieron cita para verlo en acción contra 17 rivales, incluído el favorito Rosemont, a quien había vencido un mes atrás. Siempre corriendo con las anteojeras que le impedían la visión lateral, Seabiscuit largó mal. En el opuesto su jockey lo sacó de una posición comprometida y pasó del noveno al cuarto lugar en pocos metros. Al entrar en el derecho final tomó la delantera. A 200 de la sentencia, con su jinete quieto y sin exigir, parecía que nadie le ganaba, pero la ceguera en su ojo derecho le impidió a Pollard advertir a tiempo que Rosemont avanzaba por afuera como una tromba. Alcanzó a reaccionar, provocando el photochart, pero Seabiscuit había perdido por hocico.
Ese ajustado revés hizo más popular al caballo, a quien la revista Life le dedicó un extenso reportaje gráfico en base a sus expresiones faciales. Al stud llegaban pedidos para verlo desde todo el país, y la persecución de la prensa se convirtió en un martirio para el entrenador Tom Smith, que llegó a eludir reporteros presentando a otro animal para las sesiones de fotos. Se había convertido en un fenómeno mediático que le robaba cámara a Roosevelt y Hitler (los dejaría segundo y tercero respectivamente en la cantidad de columnas periodísticas escritas en 1938).
A partir de allí Charles Howard se dedicó a promocionarlo, sin descuidar el merchandising. Hubo línea de sombreros para señoras, juegos de mesa, naranjas, servicios de limpieza en seco e incluso hoteles marca Seabiscuit. El caballo emprendió una gira espectacular por California, Nueva York, Rhode Island, Massachussets y Maryland, recorriendo algo así como 50.000 millas. Corrió en 17 hipódromos y 7 estados diferentes, de costa a costa e incluso yendo a México, ganando once carreras, batiendo cinco récords, terminando sólo en una ocasión fuera del marcador y convirtiéndose en el líder por dinero ganado de 1937. Así y todo no consiguió el título de Mejor Caballo del Año. Ese honor le correspondió al invicto ganador de la Triple Corona, el impresionante zaino negro War Admiral. Comenzó a hablarse de un match.
Por esos años sufrió un atentado. Un hombre pagado por apostadores de nombre James Manning, fue detenido cuando trataba de entrar en el box del caballo en Santa Anita para meterle esponjas en los orificios nasales. Según los entendidos, una práctica difícil de detectar una vez consumada y capaz de provocar la muerte del animal.


Expertos en la crianza de SPC juzgan como perjudicial para el elevage el hecho de que Samuel Riddle, propietario del aún hoy para muchos “Caballo del Siglo XX” Man O´ War (para graficar la popularidad de este extraordinario campeón de 21 corridas, 20 ganadas y un segundo, baste decir que 2000 personas asistieron a su funeral), lo haya mantenido en su carácter de padrillo como una empresa privada, sirviendo sólo a yeguas de su mismo establecimiento. De esta forma, muchas veces el caballo no se apareaba a las mejores hembras. Con Brushup tuvo cinco hijos que no sobresalieron en la pista. El sexto fue War Admiral, nacido en 1934, que bajo el cuidado del entrenador George Conway se convertiría en uno de los más grandes purasangres estadounidenses. Su buena campaña de dos años prefiguró la de tres, donde ganó brillantemente y de punta a punta cada una de las instancias de la Triple Corona (en el Belmont Sakes marcó 2´28”3/5, superando por 1/5 el record establecido por su padre en 1920), siendo el cuarto ejemplar en ganarla luego de Sir Barton, Gallant Fox y Omaha.

            La temporada como cinco años de Seabiscuit tuvo un mal comienzo. Faltando semanas para que dispute por segunda vez el Santa Anita Handicap, Pollard casi se mata en San Carlos al caerle encima aplastándole el pecho Fair Knightness, una yegua de los Howard. Los médicos le prohibieron correr por lo menos durante un año, y él mismo recomendó ser reemplazado por su amigo desde la adolescencia George Woolf en la silla del querido “Pops”. Woolf, apodado “El Hombre de Hielo” por su coraje, sangre fría y sentido del tiempo, considerado uno de los grandes jockeys de la historia, sufría de diabetes. Pasó largas horas junto a la cama de Red escuchando detalles de la personalidad del caballo. En el citado Handicap de 1938, Seabiscuit daba ventajas de hasta 13 kilos de peso a todos sus adversarios. Woolf sabía que prácticamente sólo tendría un rival, Stagehand, que corría en yunta con su hermano Sceneshifter. Los colores de sus chaquetillas eran iguales, y sólo se diferenciaban por un detalle (algunos cronistas dicen que eran las gorras de los jockeys, blanca en el primero y roja en su compañero, otros dicen que eran las caretas de los caballos, blanca y azul respectivamente). En la largada, Seabiscuit sufrió un fuerte pechazo y Woolf se salvó de caer agarrándose del pescuezo. Cuando se recuperó, estaba encerrado entre varios rezagados. En el opuesto vio un caballo muy adelante y lanzó a Seabiscuit a descontar terreno, marcando un parcial de 800 en 44 1/5, mas de un segundo por debajo del record mundial de entonces para la distancia, y tomando la punta. Como Rosemont en la edición del año anterior, un rival comenzó a acortar distancia. Woolf miró hacia atrás y se dio cuenta de que era Stagehand. La yunta había cambiado el detalle (gorra o careta) y Woolf había desgastado a su caballo persiguiendo al rival equivocado. Ganó Stagehand por hocico. Otra vez se escapaba la carrera por escaso margen.
Esa misma tarde en el hipódromo de Hialeah, en Florida, Wad Admiral se floreaba logrando su décima victoria en forma consecutiva y su dueño, Samuel Riddle, que hacía tiempo se tiraba dardos con Howard prensa mediante, aprovechó las circunstancias para declarar que el enfrentamiento entre su caballo y un segundón del oeste no tenía sentido. Pero público y medios a esa altura ya exigían el enfrentamiento. Belmont Park ofreció una bolsa de 100.000 dólares para organizarlo en el mes de mayo, Arlington Park otros 100.000, y Suffolk Downs 70.000. Ambos propietarios aceptaron esta oferta pero la carrera a último momento se difirió hasta junio por el estado de la mano izquierda de Seabiscuit. Llegado el día y con las tribunas repletas, Smith descubrió otra lesión en su pupilo y hubo una nueva postergación hasta fines del año, con diferente escenario.
           
Una vez recuperado, Seabiscuit ganó la Hollywood Gold Cup de California en tiempo record. Tras esa victoria, Howard llevó nuevamente a su campeón a la costa este para intentar cerrar el demorado duelo. Pollard había vuelto a montar en el verano, pero una mañana, cumpliendo un ejercicio rutinario sobre Modern Youth, un caballo de otro preparador, el animal se encabritó, lo estrelló contra la pared de una bodega y casi le arranca la pierna derecha. Charles Howard convocó al mejor grupo de cirujanos ortopédicos de EEUU. Lograron salvarlo de la amputación, pero esta vez los médicos dijeron que probablemente nunca volviera a caminar.

           
Finalmente el gran enfrentamiento tuvo lugar en el hipódromo de Pimlico, Baltimore, presidido por Alfred Vanderbilt, quien logró convencer a los propietarios pese a no poder ofrecer una gran bolsa. Riddle y Howard estaban mucho más interesados en demostrar quién era el mejor caballo que en el premio. El Pimlico Special sería un mano a mano sobre 1900 metros en el que cada ejemplar llevaría un peso de 52 kilos, con un premio de 15.000 dólares al ganador, pactado con partida directa y campana en lugar de gateras (War Admiral odiaba al “monstruo mecánico”).
            El establishment turfístico del este de EEUU miraba a sus pares de la otra costa con menosprecio, considerando sus carreras casi en el nivel de aficionados, por lo que Seabiscuit, aún habiendo corrido en pistas del este, no consiguió que lo respetaran por esos lares. Allí se corrían una fija con War Admiral, enorme comparado con su esmirriado rival y de un temperamento diametralmente opuesto. Incluso en algunas publicaciones salían caricaturas burlonas de Seabiscuit, que había conquistado con sus hazañas de caballo humilde el corazón de muchos aficionados. War Admiral mandaba con firmeza en las apuestas. Los especialistas veían a este último, más dócil, ganando de punta a punta, ya que tenía muy buena velocidad de pique mientras su rival no se caracterizaba por largar bien. En esas circunstancias, al visitante Seabiscuit le sería imposible descontar el terreno perdido luego de la suelta.

El día anterior a la gran carrera Woolf examinó la pista, que estaba muy pesada, y comprobó que junto a los palos había un tramo menos flojo, donde las huellas de los tractores habían endurecido el piso. Wad Admiral tendría el lugar interno en la largada, siendo el candidato lógico a echar mano de esa ventaja, pero el viejo zorro Tom Smith había trabajado en el asunto. Con un despertador y las baterías de un teléfono fabricó un timbre que podía accionar a distancia. Sacaba a Seabiscuit a la cancha, accionaba el aparato y le pegaba un fustazo en el anca, activando su reflejo natural para huír de los depredadores. A la tercera vez el caballo había aprendido a salir escuchando el timbre, sin dar tiempo a que la fusta lo tocara. También lo ejercitó con buenos sprinters.

El 1º de Noviembre de 1938, la capacidad de dieciseis mil personas del hipódromo fue ampliamente desbordada por una concurrencia de cuarenta mil, que a las cuatro de la tarde se acomodaron donde pudieron. El denominado por los medios “The Match of the Century” que serviría para dirimir el título de mejor caballo de la nación, fue seguido por más de 40 millones de personas a través una transmisión radial de la cadena NBC para todo el país, cuando la población de EEUU era menos de la mitad de la actual. La carrera fue uno de los grandes acontecimientos deportivos del siglo XX en ese país. Un mar de gente en ambos lados de la pista le impidió al legendario relator Clem McCarthy llegar a la cabina de transmisión, teniendo que relatar desde la largada. Dos personas estaban pegadas a sus radios: uno, Franklin Delano Roosevelt, desde su despacho en la Casa Blanca; otro, el Colorado Pollard, desde una cama de hospital.
           
Fueron juntos hacia la largada. Con el sonido de la campana y ante el asombro de la multitud, Seabiscuit salió como un tiro y sacó dos largos de ventaja adueñándose de la huella de los tractores. Los relojes marcaron un primer parcial de 23”3/5 y 47”3/5 para la primera mitad. La diferencia se mantuvo hasta el palo de los 800. Allí War Admiral, montado por Charley Kurtsinger empezó a “arrimarle el cuchillo”: emparejó por afuera y hasta llegó a tener una leve ventaja a favor, mientras las tribunas rugían enloquecidas. Luego de cuatro cuadras cabeza a cabeza y faltando otros 400 metros, Seabiscuit puso otra marcha y comenzó a prevalecer, pegado a los palos. En el último furlong la carrera estaba definida. El hijo de Hard Tack estiró una ventaja que en la línea de sentencia fue de cuatro cuerpos sobre el zaino negro. Marcó 1´56”3/5 (1´36”4/5 para la primera milla), terminando muy cerca del récord mundial para la distancia. Pagó 6.40 a ganador. Fue nombrado Mejor Caballo del año 1938.
Alguien se arrimó hasta la cama de hospital del Colorado Pollard y dejó un sobre con 1.500 verdes, el 10% del premio.

           
En enero del año siguiente, el comienzo de su campaña como seis años, de vuelta en el oeste Seabiscuit se acercaba al tercer intento por ganar el Santa Anita Handicap. En la carrera previa, el tendón defectuoso que deformaba ostensiblemente su rodilla delantera izquierda al fin cedió. Estaba gravemente lesionado en el box cuando su compañero de caballeriza, el argentino Kayak II, ganó la carrera. Los Howard habían cumplido su sueño, pero no festejaron: se daba por descontado que Seabiscuit no volvería a correr, aunque Tom Smith fuera de otro parecer. El caballo fue enviado a las tierras de Howard, el Ridgewood Ranch, y durante nueve meses estuvo recuperándose junto a su viejo amigo Pollard, quien también intentaba reponerse de las varias operaciones que había sufrido en su pierna, rengueando y ayudándose con muletas para caminar. Ambos tenían la posibilidad de quedar paralíticos, y juntos atravesaron un lento proceso de recuperación, aprendiendo nuevamente a caminar, trotar, y correr.
A fines del año el caballo parecía recuperado. Su dueño decidió hacerlo reaparecer en 1940, pese a que tenía más del doble de la edad de sus rivales y a que no se conocía el caso de una reprise tras tanto tiempo de inactividad y una lesión tan importante. Pollard no estaba repuesto como “Pops”: según la impresión de un colega jockey, su pierna parecía “un palo de escoba quemado”. Pese a que trabajaba con Seabiscuit en el campo, no estaba en condiciones de competir. Reforzando su pierna con un aparato de acero, él mismo reconocía que sólo haría falta un toque para que se quebrara nuevamente. Pero en vísperas de la carrera le rogó a Howard que lo dejara montar el caballo, pedido al que finalmente el propietario accedió luego de consultas con su mujer y el entrenador.

           
En el Santa Anita Handicap de 1940, setenta y ocho mil personas ovacionaron de pie el paseo preliminar de Seabiscuit con la monta de Johnny “Red” Pollard. Cuenta la leyenda que el jockey, con el refuerzo metálico en su pierna, se agachó y le dijo al oído a su dirigido: “Escucha eso Pops, entre los dos tenemos cuatro patas sanas, podemos ganar.” Seabiscuit largó bien, viajando en posiciones cómodas y cerca de los punteros durante todo el opuesto. Poco antes del derecho final se le adelantó Wedding Call, rozándolo en la acción y dejándolo sin paso. El suspenso duró hasta que unos metros más adelante el citado ejemplar se abrió, algo cansado. Allí Pollard encontró el hueco y mandó con todo a su dirigido tomando la delantera en plena recta final. Por línea externa atropelló su compañero de box y ganador de la edición anterior, Kayak II, sin alcanzar a quebrar su línea. Seabiscuit ganó por fin el Santa Anita Handicap, marcando el segundo mejor tiempo para 2000 metros en carreras norteamericanas. “¿Qué piensas hacer ahora, caballito?” tituló una publicación especializada al día siguiente.

Esta es la versión de la carrera sobre la que coinciden varios testimonios. Pero hay otros. Uno dice que en pleno derecho Kayak II chocó a Pollard, quien resistió y pudo salir airoso junto a su caballo. Otro, muy interesante, lo brinda Antonio R. Ostengo en su libro Historia del Turf y el Elevage Universal. Allí dedica un capítulo entero a Kayak II, y dice: “…no defraudó las expectativas creadas en torno a su importación. La primera parte de su campaña en pistas norteamericanas la culminó al adjudicarse el Santa Anita Handicap de 1939, triunfo que pudo haber repetido al año siguiente si un hecho ajeno a su noble voluntad ganadora no se lo hubiese impedido. En 1940 se produjo el triunfo de Seabiscuit en la misma carrera, el otro célebre caballo del afortunado Charles Howard, que corrió en yunta con su compañero de techo. Seabiscuit estaba a un paso de superar el record de sumas ganadas por caballo alguno en el mundo, y el señor Howard, para que esto ocurriese, ordenó al jockey de Kayak II que lo “corriese entretenido”. Fue así como se produjo una de las más grandes injusticias que se recuerden en las pistas de carreras de todo el mundo. Kayak II, contenido visiblemente por su jinete, se desempeñó en los últimos puestos del lote, y su jockey sólo le permitió correr cuando advirtió que Seabiscuit ya era el seguro ganador. De cabeza levantada, con la boca sangrante por su lucha encarnizada con el filete que lo frenaba, Kayak II cruzó la meta detrás de su compañero a quien, en lucha libre de favoritismo, hubiese vencido cómodamente.” Un poco duras las palabras de Ostengo. Revisando la campaña de Seabiscuit se detecta otra victoria sobre Kayak II el mismo año. Pero tal vez tenga razón y la carrera haya sido ésa. Esa y no otra. Siempre aporta el escuchar distintos puntos de vista, y éste parece bastante verosímil.

            Tiempo después de esa competencia, convertido en una leyenda viviente, Seabiscuit fue retirado de las pistas. Poco más tarde se erigió una estatua con su figura en el hipódromo de Santa Anita (dirigentes del turf argentino, teléfono: ¿sabemos dónde están los huesos de Botafogo, Yatasto o Forli, existe alguna plaqueta o monumento que los recuerde?). Viajando una cantidad de kilómetros increíble, en seis temporadas de competición había corrido 89 carreras, consiguiendo 33 victorias y terminando 61 veces en el marcador. Estableció nada menos que 16 nuevos records en hipódromos estadounidenses e igualó otro. Cosechó ganancias por 437.730 dólares, cuando los Howard lo habían comprado por 7.500. Qué manera de ganarse el puchero…


Seabiscuit
(23 de Mayo de 1933 - 17 de Mayo de 1947)

Año
Edad
Carreras
Ganancias en USD
1935
2
35
5
7
5
12.510
1936
3
23
9
1
5
28.995
1937
4
15
11
2
1
168.580
1938
5
11
6
4
1
130.395
1939
6
1
0
1
0
400
1940
7
4
2
0
1
96.580
Total
89
33
15
13
437.730

A los 4 años: Mejor Caballo de Handicap
A los 5 años: Caballo del Año



Enviado al Ridgewood Ranch, como padrillo engendró 108 hijos. Su guapo corazón dijo hasta acá llegamos el 17 de Mayo de 1947, cuando tenía sólo 14 años de edad. Su propietario plantó un roble en el lugar donde lo enterraron, y la ubicación exacta de esa tumba sólo la conocieron sus hijos. Tres años después, el propio Charles Howard fallecía.

Buscando en Internet pude encontrar un número del diario La Voz de Michoacán, México, donde el periodista Demetrio Olivo entrevista a Guillermo Cardiel Zavala, un hombre nonagenario que durante 35 años estuvo radicado en EEUU, trabajó para Charles Howard, y conoció a Seabiscuit. Dice Cardiel: “Durante la Segunda Guerra Mundial, en Estados Unidos se habían suspendido las carreras de caballos, el béisbol y otros espectáculos masivos. Temían atentados. Pararon las carreras y las trajeron a México. Así fue como conocí a Bing Crosby, aquel famoso cantante de la época, que era amigo de los Howard y aficionado a las carreras. (…) por recomendación suya fui a visitarlos California: allá nos arreglamos y me quedé a trabajar con ellos de mayordomo en su criadero de yeguas. (…) Pude ver competir a Seabiscuit, pero ya no en su momento de gloria, que fue poco antes, en 1938, cuando derrotó a War Admiral. (…) Lo que sí recuerdo es que era un caballo hermoso y temperamental. El carácter no lo perdió nunca. Hizo algo que ningún otro ha podido repetir: luego de retirarse, volvió a correr y a ganar premios, que es como si un boxeador jubilado volviera al ring. Yo lo cuidé precisamente en ese receso y me siento orgulloso. Seabiscuit fue el mejor caballo de carreras de Estados Unidos en esa época. Luego se le retiró para semental y regresó al rancho. Allí vivió durante dos o tres años, hasta que murió de un infarto. Así les pasa a los caballos de carreras. Casi todos se mueren del corazón. Pero de las crías que dejó Seabiscuit, la mayoría fueron hembras. Eso fue bueno porque las yeguas valen más. (…) Dejé el rancho de los Howard por la muerte de mi patrón. El último de los Howard ha de haber muerto allá por 1973, más o menos. (…) en ese momento se remataron como 300 caballos porque era la única manera de sacarles algo.”

Entre sus grandes rivales, el Triple Corona y Caballo del Año de EEUU en 1937 War Admiral (1934, por Man O´War y Brushup, su medio hermano Hard Tack era el padre de Seabiscuit) se retiró con una foja de servicios de 21 primeros, tres segundos y un tercero en 26 carreras disputadas, cosechando 273.240 dólares. Fue un gran reproductor y vivió hasta 1959. Kayak II en EEUU, nació como Kayak a secas en 1935 en el Haras Ojo de Agua, hijo de los argentinos Congreve y Mosquita. Cumplió una campaña clásica de 26 corridas, 14 ganadas, ocho segundos y un tercero, con 213.205 dólares ganados. Fue galardonado como Champion USA Handicap Horse en 1939. Otro argentino, Ligaroti (1932, por Fogón y Lirica), propiedad de Bing Crosby y Lin Howard, que perdió por hocico con Seabiscuit una polémica carrera-match en Del Mar, abandonó las pistas con 24 corridas, 7 ganadas, 5 segundos y 2 terceros.

           
El Colorado Pollard, que en 1939 se había casado con su enfermera Agnes Conlon, con quien tuvo dos hijos, se retiró al enrolarse en el ejército para pelear en la II Guerra Mundial, pero lo rechazaron por su renguera. Volvió y siguió montando hasta 1955. Después, arruinado, terminó como valet limpiando las botas de otros jockeys. Cuando cumplió 70 decidió no volver a hablar y permaneció callado hasta el año de su muerte, 1981, sin que nadie supiera el motivo de tal actitud.


           
George Woolf falleció arriba de un caballo en 1946, cuando sólo tenía 36 años. Nunca supo tratar su diabetes y la enfermedad terminó por llevárselo temprano.
            El viejo cowboy Tom Smith, que se entendía mejor con los caballos que con los seres humanos y al que la prensa apodaba Silent Tom, dejó a Howard y durante varios años fue considerado el mejor entrenador de EEUU. En 1945 hallaron a uno de sus peones rociando un caballo con spray descongestionante. Aunque él lo ignoraba, lo suspendieron. Volvió pero su prestigio ya había caído en picada. Murió en 1957 y entró
en el Salón de la Fama 40 años después.




Laura Hilldenbrand comenzó a investigar sobre la vida del hijo de Hard Tack y su entorno en 1996. La escritora, que sufre el Síndrome de Fatiga Crónica, cuatro años más tarde dio a publicación un libro llamado “Seabiscuit, Mas allá de la Leyenda”, que a los cinco días de editado estaba octavo en la lista de best-sellers y dos semanas después, primero. Publicaciones como The New York Times, The Washington Post, Time, People y USA Today lo eligieron entre los libros del año. Luego Hilldenbrand (que escribió la historia de Seabiscuit en la cama, afectada por la enfermedad), fue contactada por el director de cine Gary Ross, que al cabo dirigió la película Seabiscuit, estrenada el 25 de julio de 2003, de 141 minutos de duración y un presupuesto de 87 millones de dólares.


Si uno está preparado para esquivar con un oportuno quiebre de cintura a lo Negro Ortiz el discurso patriotero de casi toda película yanqui que se precie de tal, el film se disfruta. Sin llegar a extremos de estupidez stalloniana tiene ese molesto “mensaje”, cierto engolamiento y algunas exageraciones. Contar una historia de perdedores que terminan triunfando en plena crisis de los ´30 debe haber sido una tentación insuperable para dibujar una metáfora de la recuperación del país. En cuanto a las exageraciones, distorsiones y omisiones biográficas en las que cae, tal vez buscando mayor impacto emocional en el público, tiene la virtud de equilibrar algo las cosas mostrando imágenes de los acontecimientos reales, como el famoso duelo en Pimlico. El director de la película y la escritora del libro son aficionados al turf, el abuelo del actor Jeff Bridges (que encarna a Howard) era un burrero con respetable asistencia al HP de tres o cuatro veces por semana y hay dos papeles que no son cubiertos por actores sino por jockeys de la vida real: el personaje de George Woolf es actuado por Gary Stevens, y el de Charlie Kurtsinger por Chris McCarron. En definitiva, mas allá del mensaje patriotero, escenas agrandadas fácilmente detectables por cualquier carrerista aficionado y demás, el burrero de ley seguramente pasa un muy buen rato mirándola. Hay escenas para soltar el lagrimón. Yo particularmente me emocioné mucho en dos: la primera, cuando caballo y jockey se reencuentran en el campo entre rengueras, vendas y muletas. Otra, esa en la que la cámara toma desde atrás a Seabiscuit y su amigo Pumpkin mirando la lluvia echados y al cobijo de un galpón con los portones abiertos.


Links y videos recomendados.
Heritage Foundation (excelente)
Wikipedia
American Experience
An American Legend
Película Seabiscuit (2003): click en sección "Cine Burrero" de Los Pingos de Todos.
Video del match War Admiral vs Seabiscuit



* Un especial agradecimiento a Juan Ignacio "Nacho" Escario, de la página www.jockeysite.com quien desde Madrid, España, permitió utilizar como una de las fuentes del presente artículo la información allí detallada.

Marcelo Fébula

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