Esta nota fue publicada en 2006 y reeditada en 2010 en TAG - Todo a Ganador.
Hoy vuelve a salir a la pista, dedicada al querido amigo Ernesto Luis Quirolo.
Hoy vuelve a salir a la pista, dedicada al querido amigo Ernesto Luis Quirolo.
Arbol
Genealógico
En memoria de Osvaldo Soriano,
con quien me animé a compartir varios de estos recuerdos
en una carta cuerva y emocionada,
cuando todo era Triste, Solitario y Final.
con quien me animé a compartir varios de estos recuerdos
en una carta cuerva y emocionada,
cuando todo era Triste, Solitario y Final.
Ficciones, anécdotas
de la vida real, narraciones en primera o tercera persona. Viene entreverado
como truco de ocho este asunto de los relatos que suelo arrimarle a la barra de
TAG, gente que en un gesto de confianza me aceptó como colaborador sin leer mis
tabuladas ni pedir aprontes o partidas literarias.
Hoy quiero compartir
con ustedes algunos apuntes biográficos a propósito del día en que me puse a
reflexionar de dónde me venía el gusto por los caballos y las carreras.
Hasta el momento de
comenzar a tramitar mi visa para el ingreso al País de la Andante Burrería, yo era un tipo futbolero en forma casi
excluyente. Creo que tan temprano como autorizó a que comiera acompañando el
menú con un vaso de tinto y soda (Cabernet
Pediátrico y Borgoña Infantil,
diría el Negro Olmedo), mi viejo me tomó de la mano para subir por primera vez
los tablones del Gasómetro. Entre esos recuerdos que acarician el alma me veo
de pibe, un mediodía de domingo en la cocina del fondo del yotivenco ante la
fuente humeante de fideos con estofado, mientras en la radio Fandango (Oscar
Casco)
en el programa Calle Corrientes cuenta cómo les enseña a bailar el tango
a reyes y princesas europeos. Cuando nuestra partida hacia la cancha sea inminente
y mi vieja ya esté preparando la ropa en función del tiempo, ensayaremos el
chiste que no por repetido deja de hacernos reír. Yo, sabiendo la respuesta, le
preguntaré a Roge –¿Cómo vamos a ir hasta
la cancha? Él me responderá –Un
poquito a pié y un poquito caminando. Y allá vamos. Corrales, Centenera,
Cruz, Avenida La Plata. En el camino ensayaremos pequeñas escaramuzas de lucha,
carreras hasta las esquinas o guerrillas con lo que nos ofrezcan las veredas:
desde coquitos de paraíso hasta soretes de perro secos. Nos vamos acercando,
crece el rumor del gentío y ya estamos hablando del partido. Largas colas se
mueven sobre la avenida empedrada mientras espiamos que tan poblada está la
popular. Una vez adentro, estaremos un rato pegados al alambrado, mirando de
cerca el partido de tercera junto a la platea de vitalicios. El bombo y las
banderas van marcando el aliento de la cuervada, que salta y hace flamear allá
en lo alto la maraña de cables y los carteles de Vinos Carrodilla, Fernet
Branca y Lapiceras Sylvapen. Por los altoparlantes se escucha el jingle de
Proveeduría Deportiva y mientras vamos subiendo tablones arriba, la voz del estadio
recita las formaciones titulares. Después, la fiesta de aquellas tardes
inolvidables que el viejo Ciclón de Boedo les regaló a sus hinchas a fines de
los sesenta y principios de los setenta. Ahí se queda por siempre mi imagen de
niño asombrado, junto a ese carpintero flaco y de manos callosas que se hizo
Cuervo ni bien llegado desde sus pagos de Nueve de Julio, a los cinco años.
Mi historia respecto del fútbol debe ser parecida a la
de millones de hinchas, en cuanto a la tibieza de los recuerdos de infancia,
allí donde se adquiere para siempre una determinada identidad, la adolescencia
quizá lindante con el fanatismo y una etapa posterior más calma y reflexiva,
aunque sin abandonar nunca esa pasión adquirida de pibe.
Roge fue un gran
jugador. Hoy que ando por los 40 y pico todavía me cruzo con gente del barrio
que me pregunta si soy el hijo del Gato
y recuerda: –Uh… ¡Cómo jugaba al fútbol
tu viejo! Era 2, cuevero, fullback. Rapidísimo (quizá de allí el apodo que
se había ganado), con buen manejo técnico y un cañón en el pie derecho. En
épocas en las que hasta para jugar en un club de barrio había que hacer largas
colas o tener algún acomodo, a Roge lo vinieron a buscar dos veces a su casa
directivos de San Lorenzo. Aún con el visto bueno de su madre, no quiso ceñirse
a la disciplina profesional ni siquiera en el club de sus amores y
prefirió seguir siendo el mismo atorrante de siempre, jugando hasta cuatro
desafíos por semana en equipos del barrio o con los muchachos de la fábrica, en
canchas profesionales o potreros pelados entre cardos, piedras y vidrios, con
botines o en patas. Pude verlo en acción en unos cuantos partidos de veteranos,
donde comprobé que no exageraban para nada los que lo recordaban jugando a los
veinte. Entre la neblina de los recuerdos sigo viendo como llega con tiempo a
todos los cruces, como agarra una pelota de sobrepique afuera del área y saca
limpitos dos ladrillos de una medianera mientras un hincha vocifera desde atrás
del arco –¡Grítenlo boludos, grítenlo que
fue gol! Sigo escuchando a un delantero con algunas temporadas en primera
decirle al cabo de un primer tiempo –¡Pero
dejame agarrar una, flaco de mierda! Sigo viéndolo ya algo bichoco de la
rodilla, con cincuenta y tantos pirulos a cuestas, aceptar la propuesta de unos
picados informales en la canchita de la sociedad de fomento para terminar
jugando partidos que nada tenían de amistosos con gente mucho más joven. En
esos tiempos el físico ya no era el mismo pero la calidad seguía intacta, como
para despatarrar al nueve que se venía embalado trabándolo de frente y sin
foul, como para pedirla pasada en un córner y entrando por el vértice del área
ponerla de rastrón en la base del palo opuesto, allá donde cagan las arañas.
De Roge heredé en forma directa el amor por la
azulgrana y el fútbol, aunque no así la calidad para jugarlo. Entrando en la
adolescencia matizaba mi humilde militancia como hincha (digo humilde porque
siempre tuve en claro que hinchas con mayúsculas son aquellos que van siempre,
los imprescindibles, como diría Brecht) con el boxeo y el automovilismo. Noches
de boxeo profesional en el Luna o la Federación, y de combates amateur en el
club Unidos de Pompeya. Mañanas de domingo prendido a la radio siguiendo los
grandes premios de TC cuando –¡Adelantelavión
adelantelaviooón!– esperaba ansiosamente la voz del Mono Gagliardi contando
desde las alturas el paso del Siete de Oros de Roberto Mouras por esas rutas
del campo. Pero el interés máximo siempre lo tenía el fútbol, y así fue durante
muchos años.
El Negro Fontanarrosa, voz con entidad para opinar de
fútbol si las hay, dijo que la frase todo
tiempo pasado fue mejor ya fue encontrada escrita en extraños caracteres
sobre las paredes de las pirámides egipcias. Coincido con él a la hora de
desconfiar de semejante sentencia, pero lo cierto es que un día, cansados de
las perrerías dirigenciales, del negocio descarado y la violencia llegando a
límites desconocidos, sin dejar de ser un par de cuervazos indisimulables
ni abandonar nuestro gusto por un
deporte de belleza estética sin discusión, con una mezcla de bronca, tristeza y
nostalgia fuimos espaciando nuestra asistencia a las canchas, convirtiéndonos
en hinchas de TV y radio. Y cada cual por su lado, juntos o formando parte de
una barra, con Roge visitábamos cada vez más seguido las tribunas de Palermo, donde
nuevas pasiones esperaban. Hacía rato que El
Feo Edmundo Rivero nos venía diciendo: “Palermo,
San Isidro, Los Eucaliptos / vení que está la papa / vas a saber / lo que es un
biromista / y un arbolito / lo que es prenderse a un pingo / con cien y cien. /
Tirate un lance / qué hacés en casa… / mirando fútbol, televisión / Legui,
Saurito, Etchart y Ciafa / te fortifican el corazón…” Y allá fuimos, los
portones estaban abiertos.
Las diferencias entre
el ambiente de un estadio de fútbol y el del hipódromo, dos ámbitos populares
bien arraigados por estos lares, se podrían sintetizar en una anécdota que me
llamó mucho la atención cuando apenas había empezado a caminar la perrera. Dos tipos estaban enfrascados
en una dura discusión. Poco a poco fueron subiendo los decibeles hasta casi
llegar a gritarse. En ese momento un veterano que estaba a cierta distancia
levantó a vista del diario, los miró y les dijo: –¡Che, vayan a la cancha!
En nuestros estadios de fúbol,
alambrados coronados con púas separan a los espectadores de los protagonistas.
Cuando no fueron suficientes se los hizo más altos y hasta de otros materiales
como el acrílico en las plateas, donde hay tantos o más energúmenos dispuestos
a escupir o tirar piedras. En algunos también hay profundos fosos que limitan
campo de juego y tribunas, aptos para que el día de mañana se puedan tirar una
docena de yacarés, nunca se sabe. Ahora bien, en el hipódromo también suele
haber multitudes poblando las gradas. Un día de Pellegrini, por ejemplo,
cincuenta mil espectadores suelen estar en San Isidro. Y a diferencia del
fútbol u otros deportes multitudinarios, esos cincuenta mil tipos no son sólo
espectadores: están allí jugándose su plata, detalle nada menor. Entonces, ¿qué
separa a esas miles de personas de los protagonistas? Una verja de un metro de
alto.
Mientras se sigue
revolviendo la olla con olor a podrido en donde hierven a un mismo tiempo
dirigentes, barrabravas y policías, mientras sigue creciendo en forma insólita
y vergonzosa la cantidad de muertos y heridos asistiendo a un espectáculo deportivo,
en las inmediaciones y dentro de las canchas hay cada vez más vallas, patrulleros,
leoneras, carros de asalto y cuerpos de elite armados como para la guerra. Volviendo al turf, ¿cuántos policías son
afectados al operativo de seguridad un día de Gran Premio Nacional? Dos. Tres
si algún cana se aburrió de cebar mate en la taquería.
Ácido, impopular, pero
genio indiscutible y agudo observador, Borges confesó alguna vez tener la
impresión de que la gente iba a la cancha a ver ganar a su equipo, no a ver fútbol.
Y algo de razón tenía. Hace mucho tiempo se instaló en el fútbol y en la sociedad
toda el miserable concepto de que sólo sirven los que ganan, y ya casi no hay
espacio para disfrutar de un buen partido al margen de las camisetas. Esa forma
de entender las cosas vino para quedarse y desde ella todo se vuelve vulgar,
desde los mezquinos espectáculos hasta la violencia desatada por el simple
hecho de perder, pasando por los lamentables periodistas que el sistema va
pariendo como una máquina de hacer chorizos. En ese aspecto el burrero también
marca su diferencia: es capaz de perder sus últimos mangos en un final de medio
pescuezo diciendo –Está bien, si me ganó
éste está bien. O de aplaudir de pie al que ganó un clásico en gran forma y
pinta para triple corona mientras el depositario de sus ilusiones llega
ganándole a la ambulancia.
De a poco fui
descubriendo todas estas diferencias. El hipódromo no era el paraíso, al fin y
al cabo ahí nomás estaba la puerta entreabierta para caer por el abismo del
escolaso, y las mil y una sospechas de bombos, jeringas y trampas como un ingrediente
natural de las carreras. Pero ya estábamos metidos en la apasionante danza del
boleto a ganador, y Don Edmundo nos seguía cantando: “Prendete en un final / de bandera verde / si no te salva un pingo /
¿quién lo va a hacer? / Tirate un lance / la suerte es loca / como la boca / de
una mujer.”
Un día se me dio por preguntar de dónde me venía ese
gusto por las carreras y los caballos. Respecto del fútbol la cosa estaba muy
clara, pero… ¿y los yobacas?
No hay dudas. Si hay algo de fábrica, si algo
viene por la sangre, heredé la burrería de mi abuelo materno, Cayetano, a quien
no conocí. Tampoco conocí a mis abuelos paternos, aunque supongo que los temas
referidos a los caballos no les serían ajenos ya que eran personas que en las
primeras décadas del siglo veinte nacieron y vivieron en pueblos de campo:
Nueve de Julio y Carlos Casares. Pero en el caso de Cayetano (Gaitano
para los amigos) la cosa es distinta. Nacido en Buenos Aires, cuentan que
siempre fue hombre de a caballo, en primer término por motivos laborales.
Necesitaba de ellos para tirar de la chata municipal, del carro con que hacía la
ciruja o del otro carro, el de reparto de verduras. Sus animales por lo
general eran mansos y de tiro, pero también tuvo otros de andar y no demasiado
aptos para esos menesteres, como la rubia
Tita, que según cuenta mi vieja era muy geniosa y en sus peores días obligaba a
la gente cercana a esconderse o hacer cuerpo a tierra hasta que El Gaita lograra dominarla. Era muy
amigo de Jorge Laferrere, el bohemio de la familia aristocrática en cuyos
campos llegó a trabajar, y siempre lo encontraba en el boliche El Hornero de
González Catán sentado en su mesa de la ventana. También se cuenta que en medio
de la revolución del 55, cuando se veían aviones de guerra surcando el cielo,
se escuchaban bombardeos por el lado del centro y la gente del barrio trataba de quedarse dentro
de su casa, Gaitano ensilló uno de
sus pingos y salió al galope a buscar a los muchachos (sus hijos y quien sería
su futuro yerno), que estaban laburando en la carpintería.
La anécdota que me marca ese asunto de la herencia
burrera es una que le escuché relatar desde pibe a mi vieja y mi abuela. En el
barrio había un ligero oscuro y grandote propiedad de un vecino, el Negro Are.
Este hombre, su familia y calificados vecinos como El Pampa Barraza solían
acompañar al caballo a las cuadreras, una verdadera hinchada hípica proveniente
de Villa Soldati y Nueva Pompeya para alentar y jugarse unos mangos a las patas
del crédito del barrio. En una de esas jornadas, por el lado de Cañuelas,
recién llegados a la cancha Gaitano
ya andaba por allí meta doy doble contra sencillo cuando desde el
camión bajaron al cuadrero, que caminó unos pasos y se quedó quieto mirando
fijo el horizonte. Allí Gaitano dijo
una frase que perdura hasta nuestros días, al menos en la memoria de la familia: –Caballo
que mira al campo no pierde. Horas después ganó nomás el oscuro y hubo
asado, vino y festejos hasta la noche. Para entonces varios hinchas habían
quedado desparramados bajo los árboles de puro contentos (y curdas).
Hay más anécdotas de mi abuelo, los yobacas y las cuadreras, pero si alguien se pusiera escéptico
diciendo que en definitiva son todas cosas que yo no viví personalmente, les
puedo contar algo que sí viví y tal vez certifique mejor la teoría de la
burrería heredada. Uno de los hijos de Gaitano,
mi tío Carlos (también conocido como Potranca), salió muy pero muy
burrero. Por esas cosas propias de las familias lo veo más o menos cada quince años, o sea que hasta la tarde que voy a referir, él sabía poco y nada acerca
de las costumbres de su sobrino. Era una tarde de Pellegrini en la que no tenía
resto ni para viajar a San Isidro y había decidido ir hasta la cercana agencia
de Pompeya. Tuve la suerte de acertar la exacta del internacional de la recta
que ganó Turco Zaino y mientras disfrutaba de una cerveza en la barra, lo veo a
mi tío. De haberle contado que había comprado una casa, que me había recibido
de médico o que acababa de ser padre, no se hubiera emocionado tanto como al
descubrir que tenía un sobrino burrero. Creo que hasta se le velaron un poco
los ojos. Me palmeaba, se reía, me presentó a algunos de sus cófrades y hasta
aceptó que le invitara un vaso de cerveza.
Y aquí estoy. Durante muchos años me negué a pasar por
Avenida La Plata y Las Casas. Todavía me estremezco recordando el tremendo
silencio del estadio a medio desmantelar en el anochecer. Sólo pude volver la
tarde en que una caravana partió desde allí para inaugurar la casa nueva. Cómo
me hubiera gustado festejar junto a Roge los títulos que vinieron después de
tantos años de sequía…
Y aquí estoy. A veces, caminando por la redonda de
Palermo, cuando un pingo se frena en seco mirando algo allá a lo lejos, me
viene a la memoria aquella frase de mi abuelo, el petiso Cayetano: Caballo
que mira al campo no pierde...
Marcelo Fébula. Setiembre de 2006.


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Los pingos viejo nomas!!! Volvieron con todo,tal vez ya hace un tiempo, yo recién hoy noto que estamos nuevamente en carrera.
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