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lunes, 31 de agosto de 2015

Plumas burreras - El jockey. por Charles Bukowski




Durante el calentamiento de Blue Mongoose en la recta opuesta, antes de la última carrera, Larry Peterson notó que el caballo estaba realmente mal, con un ataque de pánico. Larry llevaba quince años montando y conocía a sus caballos. A éste, verdaderamente, le había picado una mosca.
Larry trató de calmarlo, pero al llegar a la meta las cosas no habían mejorado. Se dirigió hacia la puerta, pasando por delante de los demás caballos, buscó a McKelvey. Le dijo:
-Este jodido animal no está en buenas condiciones. Quiero que lo retiren.
-Yo lo veo bien- contestó McKelvey.
Larry sabía que McKelvey era un comisario que se preocupaba del dinero que perdía el hipódromo cuando tenía que retirar un caballo. La cantidad que se perdía era, sin embargo, insignificante, porque tan pronto como los tontos recuperaban el dinero volvían a apostarlo a otro caballo. 

miércoles, 12 de agosto de 2015

La subconciencia turfística. Por Last Reason



La subconciencia turfística


     Dificulto que Uds. sepan lo que es la subconciencia y, desde ya, les prevengo que están arreglados si cuentan conmigo para salir de dudas, porque yo estoy completamente a oscuras de lo que puede ser la palabrita. Uds. se preguntarán a qué diablos viene esto de meterme ahora a tratar un asunto que desconozco por completo; contestaré la pregunta antes de que se formule. La subconciencia es, hoy por hoy, una palabra de moda; todo el mundo la emplea venga bien o mal; todo el mundo anda a las vueltas con ella y me parece que por muy reo que uno sea, tiene derecho de andar a la moda. Por otra parte, nosotros, acostumbrados a penetrar en las profundidades de los programas y a sacar incógnitas complicadísimas, no nos va a ser muy difícil dar con el sentido exacto del término en cuestión. ¡Se va a escapar si es brujo!
     Todos sabemos lo que es la conciencia: es un bichito entrometido y fastidioso que llevamos prendido allá adentro y que nos trabaja de zapa para castigarnos de las perrerías que le hacemos a la donna, al amigo o al bolichero. Bien: la subconciencia tiene que ser algo que está debajo de la conciencia, por la misma razón que el subterráneo es un bicho que camina debajo de la tierra, y el submarino debajo del mar.
Admitido que la sub está debajo de la conciencia, admitamos también que la sub es quien mueve los títeres; siempre lo de abajo hace mover a lo de arriba; ejemplos, las patas de los caballos, los caminantes del hombre, etc. Sabemos ahora que todos esos corcovos del espíritu, instintivos, espontáneos, no son otra cosa que la subconciencia en movimiento y por analogía, cuando nos sentimos sacudidos por un pálpito, como “me parece que voy muerto con Sforza” o “a Felino se la vuelven a dar otra vez”, estamos en presencia de la subconciencia turfística.
     Vean Uds. cómo, por un simple trabajo al freno, hemos salido de dudas respecto a un punto interesante y sobre todo, de moda. De manera que desde hoy cuando Uds. sientan una inspiración repentina, clara, evidente, no digan, al uso antiguo: “tengo un pálpito bárbaro de que esta noche me rebusco en la compuerta”; sino, elegantemente… “La subconciencia me dice que voy a ganar en la escolasada nocturna.”
     Lo extraordinario de todo esto es que por muchísimos años hemos vivido en la más profunda ignorancia de estar haciendo vida marital con esa distinguida dama; ¡y ella, la pobre, siempre fiel, siempre al servicio de los torpes que la aprovechaban sin siquiera darse cuenta del trabajo de la incógnita! Porque nadie podrá negar que la subconciencia , es quien nos saca en ancas la mayoría de las veces. ¿Cómo, si no, se aciertan los batacazos de cien pesos? ¿Quién es el gaucho que va a tener datos de la clase de Costa Rica, Jócoli o Fournier? Nadie. Es ella, la subconciencia, la que obliga al catedrático a dejar la lógica, el dato, la indicación periodística, y embarcarse en el tren de carga de lo imposible. Cuántas veces sentimos que una idea fija se apodera de nosotros, de que una voz secreta nos dice al oído con insistencia: “juega al número once… juega al número once…” Y uno se hace el sordo y quiere sacarse la obsesión molesta de la voz batidora; pero no puede. “¿El once –dícese uno–, y por qué el once, si el que gana es el cuatro?” Y se va a las ventanillas del cuatro y saca la menega… y la voz interior sigue diciéndonos bajito, bajito, pero persuasivamente: “Al once… tonto… al once…” ¡Bah! Pavadas a un lado; se decide, y la plata va al cuatro, que es fija, que debe ganar… Vuelve uno a la tribuna y la voz insiste… “Te sacaste el gusto, jugaste al cuatro? Bueno, pues te vas a arrepentir, porque el que gana es el once, el once, el once…”
     Y entonces uno, loco ya, para hacer callar a la impertinente campanita, va, le hace el gusto y saca un boleto al once, sabiendo que va muerto, sabiendo que no hay nada que hacer contra el cuatro, pero… siquiera para hacer callar a la voz misteriosa y secreta que viene no se sabe de dónde, y que, por último tiene razón, porque el once ¡milagro, portento! el once gana y reparte un sport colosal, mientras el cuatro queda modestamente pidiendo la raya a gritos allá por la tribuna de madera. Entonces, el catedrático, torpe y pedante, se olvida de la consigna anónima y se va en busca de todos los amigos con el boleto del once en la mano, para que vean lo sabio que es, y lo mucho que vale su intelecto.
     Este fenómeno se manifiesta muy a menudo en las mujeres; en ellas la subconciencia se agudiza a fuerza de ejercicio, porque es sabido que las mujeres todo lo hacen por pálpito, por corazonada, por impulso súbito como cediendo a una inspiración… que no es otra cosa que la subconciencia en tren de sibila consejera. ¿No recuerdan Uds. haber observado el hecho extraño de que las mujeres dan noventa veces en el clavo y sólo diez en la herradura? Pues crean que eso es debido a que se dejan guiar por la voz interior que les dicta la conducta a seguir, conducta que no siempre es la más honesta, ni la más sabia, ni la más justa, pero que, en resumidas cuentas, es la que mejor se aviene con las circunstancias futuras. Por todo lo cual, el infrascripto aconseja a sus lectores que se tienten con un lance subconciente, y, el domingo, en vez de jugar la plata a la baqueteada y casquivana lógica, se abandonen panza arriba a la voz de la inspiración, haciendo la plancha sobre el mar de fijas, de datos y de papas. Que la percanta les haga una lista de los caballos que le dicta la subconciencia, y a ver lo que sale.
     Ahora, el que no tiene percanta…


         Relato del libro “A Rienda Suelta” (1925) de Last Reason (Máximo Sáenz).

lunes, 10 de agosto de 2015

Stud Pobre. Por Last Reason





Stud Pobre

     Frente al magnífico stud de cincuenta boxes cuya fachada hace sombra hasta la otra acera, el viejo stud del viejo don Pedro aguanta, quién sabe cómo, sobre el suelo, las miserias de sus paredes agrietadas y ruinosas. Tapera casi, el frente ha perdido el revoque y argamasa mostrando el ladrillo carcomido como muestra una osamenta las costillas peladas.
     Adentro, la incuria que acompaña casi siempre a la pobreza: arreos resecos por la intemperie, botines rotos colgados de un clavo, gallinas que picotean y van sembrando el patio con abono de vivos colores. Los boxes, todos de madera, hace años que aguardan la mano del pintor y del carpintero: hendijas que parecen boquetes dan salida al olor fuerte del estiércol que al juntarse con el acre del orín obligan al visitante a apretarse las narices y el gorro. ¿Dije visitantes? ¡Diánde!, como dice Don Pedro. ¿Quién va a visitar al pobre stud donde no relincha más que un tungo valetudinario y una potranca de 1.200 mangangases? Mejor así. De este modo la miseria no tiene ocasión de avergonzarse, y la vieja Isidora, la patrona, puede lavar sus cacharpas tranquila. Los dos peones que constituyen el estado mayor y el menor del stud, están al unísono con el ambiente: uno, el loco Benito, es un ente de pinta miserable, cuya idiotez primitiva se ha ido acentuando gracias al alcohol del bolichero; el otro, Piojito, es un tape sordo como un millonario, y bruto como un cafre. En ninguna parte darían entrada a peones como esos; sólo un stud donde la plata entra en monedas de cobre puede dar albergue a tales acémilas, pero… don Pedro no puede con todo el trabajo y se ahorca con la soga que encuentra. Lo más triste de todo, es el contraste brutal de esta miseria trágica con la abundancia que rebosa en el palacio de enfrente, cuyos peones salen a la puerta endomingados “como dotores”, al decir de Isidora. Cuando entra pasto al stud rico, los del stud pobre cierran la puerta para que el olor no enloquezca a la yunta mal comida, que mordisquean las maderas de las puertas, verdes años atrás.
     Yo voy de cuando en cuando a dar un poco de charla al viejo Pedro y a chupetear el mate flojón que ceba doña Isidora. Los pobres deben juntarse al hacer campamento. También hay de por medio otra cosa, pero… de ojo, no más, y la otra cosa es Sandalia, la hija de los viejos, quien, a pesar de su pedestre nombre tiene unos ojos que están pidiendo una zamba, y unos encuentros como para perderse… ¡Cha que Sandalia para un pie defectuoso como el mío!
     Don Pedro me ve llegar sobrándome.
-¿Qué andará haciendo el gurí por estos ranchos? ¿Viene a que le dé una fija de la casa?
-No viejo, vengoa  prosiar, nomás.
-Dentre entonces, y péguele un chiflido a la vieja pa que ensille un amargo.
-Debe estar ocupada en el fondo. ¿Es lo mismo si le chiflo a Sandalia?
-Chiflá cuando te pierdas y dejá quieta a la piba. Ch’Isidora… arrímate un cimarrón pal diarero. Sentate gurí, sentate.
     Me siento y la vamos de cigarrillos hasta que llegue el verdolín. Don Pedro se rasca y me mira.
-Y qué tal esos papeles? ¿Se macanea mucho? ¡Vean los mozos qu’escriben de carreras! No saben ni ande están los cuadriles y la firuletean de pluma sobre los diarios hablando de caballos. ¡Ah, mis tiempos!, entonces no había macanitas d’esas que se usan ahora, ni alcahucilerías de aprontes, ni partidas al por mayor, y cuando un crioyo se tiraba a la pileta, cobraba treinta o cuarenta por billete: aura ustedes arruinan a uno el negocio a puro apronte fayuto.
Yo le largo una púa para hacerlo corcovear.
-¿Le han destapado algún crack, don Pedro?
Él manya la cachada pero no se enoja.
-Ráite nomás, ráite, que el mejor día vas a yorar… A mí no me duelen los picotazos de poyo, y ya sé que mis cabayos no dan trabajo a los relojes, pero… algún día habrá pasteles.
-¿Convidará, supongo?
-Con chicharrones, y si tráis el chancho: de no, no podés limpiarte qu’estás de guevo. ¿Por qué no te vas ahí enfrente que siempre están de comilona?
-Porque yo vengo a amarguear con un criollo, y no quiero saber nada con los cocktails, don Pedro.
-¡Ah, sí! ¿No te gustan los menjurges regolvidos en cacerola? Entonces sos de los míos. Che Sandalia, tráite la caña orientala.
     Viene la caña, viene Sandalia, y viene la javie atrás con el mate ¡que siempre han de andar juntos lo amargo con lo dulce! Don Pedro se templa con un trago y sigue:
-Mirá gurí, nosotros los viejos compositores crioyos estamos de capa caída, aura que dentran a tayar los mozos nuevos, con escuela de Inglaterra y venenos en la ración; pero no importa: día ha de yegar en que se apague la luz eléctrica y no alumbre más que el candil: entonces van a ver a este viejo Pedro, a quien hoy nadie da boliya, convertido en estrella también yo, y ganar carreras, y andar en coche, y poner plata en el banco…
     Afuera llaman
-Andá a ver Ch’Isidora: me parece que han golpiao.
Sale la vieja y vuelve con cara triste.
-Otra vez la cuenta del pastero.
Don Pedro agacha la testa, se la rasca y dice:
-Ahí tenés cómo me apagan la vela: cuide uno y no dé de comer y gane con mancarrones hambrientos… Decile que guelva el domingo.
-Piensa rebuscarse el 24, don Pedro?
-¡Como pa eso! Voy a ver si vendiendo los aritos de Sandalia…
Y yo me pongo colorado porque los aritos se los regalé yo… y valen 7,40.



Relato del libro “A Rienda Suelta” (1925) de Last Reason (Máximo Sáenz).

martes, 21 de julio de 2015

Plumas Burreras. Otro Aleph.




     Buenos Aires sigue ampliando las veredas susceptibles de agrandar la capacidad de facturación de sus boliches. Hace treinta años, cuando desembarqué en el microcentro inaugurando mi vida de cagatinta, la zona denominada El Bajo apenas tenía recuerdos añejos de sus años de esplendor. Las descripciones de muchos tangos no parecían estar hablando de aquellas mismas calles, y las anécdotas calaveras contadas por mis mayores no daban la impresión de haber sido vividas allí. Entre locales cerrados donde apenas

sábado, 27 de junio de 2015

Legui y Rossano. Por Fernando Rozano



   Hoy se cumple otro mes desde la partida de mi padre. Les dejo otro pequeño pasaje de su vida como jockey.

   Irineo Leguisamo fue uno de los mayores, para muchos el mayor, jockey de América del Sur. Nacido en Uruguay, fue muy temprano para las pistas de Palermo, en Buenos Aires. Ante, el hijo de Salto, donde inició su carera, montó caballos en Uruguaiana, a fines de la década de 1910. Después, todavía muy joven, hizo un recorrido por otras pistas del interior uruguayo para llegar a la Argentina ya en los años veinte, y en 1922 conquistar su primera victoria en el tradicional hipódromo porteño. Amigo de Carlos Gardel, que compuso un tango en su homenaje, venció en todos los mayores grandes premios del continente, hasta cerrar su actividad a los setenta años. Un ejemplo, un maestro. En noviembre de 1962 estuvo en Porto Alegre. Vino a montar a Vizcaíno en la mayor prueba en pista de Arena del Brasil, el GP Bento Gonçalves en el Hipódromo Cristal de Rio Grande do Sul. Ganó. En los días que precedieron a la carrera, Mário Rossano e Ireneo Leguisamo se tornaron amigos, y la prensa local lo registró.

   "Rossano y Legui se tornaron grandes amigos. El jockey local dice que incluso enviará un regalo al jockey uruguayo, en su opinión un "fenómeno". Mario Rossano fue saludado por Irineo Leguisamo después de su victoria con Mar Báltico. "Fue precisa su dirección", comentó El Maestro, que hizo amistades entre los profesionales locales. Rossano comentó ayer que el temperamento jovial de Leguisamo sorprendió a todos, inclusive distribuyendo algunos "palmadas amistosas", aunque un poco fuertes, entre todos los que pasaban por su frente. El jockey rio-grandino prometió enviar una fusta al piloto oriental" (Última Hora, 13 de Noviembre de 1962) 

   El libro Dá-lhe Rossano trae una pequeña nota, con fotografía, en Turf no Sul, de la victoria elogiada por Leguisamo. 1962... el tiempo corre demasiado en relación con mis recuerdos. Ni el más veloz de los purasangres puede alcanzar ese año dentro de mí. Mi padre hablaba mucho de ese encuentro, y recordándolo era un hombre feliz. Cerca de su partida, conversamos sobre esa amistad entre ellos y pregunté si le había enviado el presente. La respuesta fue típica del Viejo Rossano: "Mas, é claro". Recuerdo a Mar Báltico, lo esperé en una de sus victorias, pero no recuerdo a Leguisamo en Porto Alegre. Es apenas un pasaje que va apagándose en mi cansada memoria. 1962! Yo era apenas un narrador de corridas de bolitas multicolores debajo de la mesa, en nuestra casa.



Fernando Rozano


martes, 16 de junio de 2015

Plumas burreras. Escenarios Posibles.

Relato publicado en TAG en 2006. Reedición a pedido del amigo Rubén F., que lo inspiró con la cicatriz que porta en su sien izquierda.





Ida. 160 Claypole - Ciudad Universitaria.

sábado, 23 de mayo de 2015

Plumas Burreras. Donde dobló el gaucho





     Así como alguna vez dejé en estas páginas anécdotas del barrio o del legendario Bar El Chino, también proyecté contar algunas de las mil historias y vivencias de mi amigo Evaristo Carlos Badín, “Tito”, porteñazo si los hay.

lunes, 11 de mayo de 2015

El cambio categórico del GP 25 de Mayo. Por Marco A. de Oliveira

Desde el sur de Brasil nuestro querido amigo Marco A. de Oliveira vuelve a jerarquizar Los Pingos de Todos con otro de sus aportes. En este caso nos cuenta del punto de inflexión en la historia del tradicional Gran Premio 25 de Mayo.



Histórico

     Hasta 1959, el Premio 25 de Mayo no pasaba de un clásico más en el calendario del turf Argentino, por entonces una prueba reservada a potrancas sobre 1.500 metros. Con la conmemoración del Sesquicentenario de la Revolución de Mayo (25.05.1960) la prueba ganó la categoría de un clásico de nivel internacional sudamericano. En esa ocasion fue preparada una secuencia de pruebas especiales y clásicas de carácter internacional tanto en Palermo como en San Isidro, donde fue realizado el meeting principal. Las fechas escogidas fueron respectivamente el día 28 (sábado) y 29 (domingo), en el último fin de semana de mayo de 1960. Las pruebas del sábado palermitano tenían como mayor destaque los Premios Internacionales “Sesquicentenario” (2.500 metros), “Cornelio Saavedra” (1.600 metros) y “Manuel Belgrano” (3.000 metros). Las dotaciones a los ganadores importaban altas sumas: Premio Internacional Sesquicentenario: $ 1.000.000 y un objeto de arte al ganador; Premio Internacional Cornelio Saavedra: $ 300.000 al ganador; Premio Internacional Manuel Belgrano: $ 500.000 al vencedor. Una tarde soleada propia del otoño bonaerense favoreció el volumen de apuestas y la presencia fantástica del público que colmó las dependencias de Palermo. Los brasileños Major’s Dilemma (Orbaneja) y Derah (Minotauro), ésta una hembra, se impusieran en las dos primeras pruebas internacionales, mientras que el potrillo argentino Los Churros (Los Curros y Emerald), un picoblanco colorado de la caballeriza Roberto Ricardo, se impusó con autoridad en el Belgrano, con Roberto Ciafardini en su montura.
     

jueves, 7 de mayo de 2015

Um dia de cada vez. Por Fernando Rozano

     El pasado 26 de Abril se cumplió un año de la desaparición física de Don Mario Rossano.
Recomendamos a nuestros amigos la lectura de Um dia de cada vez, el cálido texto que ese día publicó su hijo Fernando en su excelente blog ChronosFer.

     Desde Los Pingos de Todos, el abrazo de siempre para Fernando, Mário y toda la familia.

Marcelo Fébula






lunes, 4 de mayo de 2015

Plumas burreras. Malaya, triste destino




     ¿Qué pasa con los caballos que ven interrumpida su campaña en las pistas por alguna lesión, con aquellos que no sirven para padrillos o yeguas madres, con los que nacen sangre pura y ni llegan a correr por problemas de salud, o con los que proyectan no agarrar una chapa en su vida ni corriendo en perdidos andariveles del interior? Tratar de encontrar respuestas a estos interrogantes es una dura tarea para alguien que teme más la eventual lesión de un inocente y noble equino que el probable accidente sufrido por un humano pensante vestido de jockey. Durante semanas enteras dudé en investigar algo. El hipócrita pretexto era no saber por dónde empezar, cuando evidentemente lo que me ataba era el miedo.

martes, 28 de abril de 2015

Plumas burreras. El Castigo. Por Ernesto Quirolo.



Ahí va un cuentito de esos que uno ha escuchado en algún momento de la historia.

     Este era un punto que en la tierra no había dejado nada por hacer. Minas,  frecuentador de timbas mistongas, casinos y por supuesto , hipódromos.
     El tipo se muere, y claro, se va al infierno. Cuando llega lo reciben, lo hacen pasar y lo primero que ve es un cabaret, lleno de minas, y se sorprende. Decidido a visitar otras dependencias del infierno pasa a un salón donde se escuchaba “No va más”, y el tintinear de las fichas. Había mesas rodeadas de puntos escolaseando, tantos que ni podía acercarse para vichar  los números que salían. Por otro rincón el croupier cantaba “Hagan juego señores, 9 x 8, gana la banca". Y así.
     El tipo no lo podía creer, pensó: “Si este el castigo por haber tenido una vida licenciosa en la tierra, bienvenido sea. Lo único que falta es que también haya un hipódromo.”
Le preguntó a uno que andaba por ahí dando vueltas y el tipo le señaló un pasillo largo.
-Al final del pasillo encontrará el hipódromo. -le dijo el comedido.
Recorrió el pasillo, abrió una pesada puerta de hierro y ante sus ojos apareció un hipódromo, con las tribunas llenas y los caballos en las gateras. Apresurado, encontró una ventanilla y fichó al  8.
Se acomodó en la tribuna. Seguía pensando: “Vaya castigo…”
Pasaron dos minutos, cinco, diez. y las gateras no se abrían. Le preguntó a uno que tenía a su lado:
-Oiga, ¿qué pasa que no largan?
El otro le contestó:
-Amigo mío, ése es el castigo. Acá no largan nunca.

Telón rápido.

Ernesto Quirolo

viernes, 10 de abril de 2015

Plumas burreras. El Gastao'

           












   Entrando al hipódromo escuchó a sus espaldas una voz que reconoció inmediatamente pese al tiempo transcurrido. Pero al darse vuelta para mirar, nada. Salió del paso de la gente que ingresaba para observar más detenidamente. Nada.
   Ahora los caballos de la décima volvían del codo de Dorrego. El moro clavado en el último pase de la cadena, esperanza de placé, era el primero en encontrarse con su peón entre el viento arremolinado y la llovizna, cada vez más fuertes. Antes de ir a refugiarse en el interior de la tribuna volvió a mirar hacia abajo. Veinte años atrás, en aquel lugar había conocido a un hombre que nunca olvidó, el mismo que creyó escuchar hablar cuando entraba. Pero ahora allí no había nadie, sólo el reflejo de las luces sobre las baldosas mojadas.
   Fue en busca de un café mientras veía venir los recuerdos.

jueves, 2 de abril de 2015

Caballo florido, por Charles Bukowski





Me pasé la noche sin dormir con John el Barbas. Hablamos de Creeley, él a favor, yo en contra. Yo estaba borracho cuando llegué, y llevaba cerveza conmigo. Hablamos de muchas cosas, de mí, de él, simple conversación general, y pasó la noche. Hacia las seis me metí en el auto y bajé de las colinas hasta Sunset. Entré en casa, busqué otra cerveza, conseguí desvestirme y me acosté. Desperté al mediodía, mal. Salté de la cama, me enfundé la ropa, me limpié los dientes, me peiné. Contemplé un rostro balanceante en el espejo, me volví rápido, giraron las paredes, salí por la puerta y logré entrar en el coche. Puse rumbo sur hacia Hollywood Park. Lo de siempre.

viernes, 20 de marzo de 2015

Plumas Burreras. - Carlitos “La Paloma”.




   Cuando leí ese relato “Ahora sí” que publicaron me vino a la memoria un episodio vivido cuando tenía 22 o 23 años.

   Por esos días paraba en la Tribuna Especial con un tío hermano de mi viejo, un burrero hasta las medias. Ahí paraban también unos amigos de mi tío, entre ellos un personaje de leyenda, Carlitos “La Paloma”. Un tipo inolvidable.
   Era raro para escolasear. Llegaba en la primera y en la tercera ya estaba pelado. Una vez en Palermo en una prueba piloto arrancó la apuesta triple en la primera carrera, el loco éste le compró 25 vales a un caballo que ganó (2.500 mangos, los vales valían 100 pesos), y vendió 24... En esos años había un “mercado” de compra venta de vales entre carrera y carrera. Estaba prohibido, pero no tanto. De vez en cuando se llevaban algún perejil como para disimular.

   Un día este Carlitos llevaba dos pases acertados de la triple. En el primer pase había ganado un bagayo y en el segundo uno más o menos. Le quedaba un vale y no sabía a quién ponérselo. Bajó de la tribuna y desapareció. Campana de largada, largaron, y el tipo no aparecía. Cruzaron el disco…, y nada. No se sabía qué había hecho éste. Todos se preguntaban, ¿A quién le habrá puesto el vale? La carrera la ganó la favorita, pero la triple, a juzgar por el bagayo del primer pase, pintaba bien.
   En eso aparece. Desencajado, sudando la gota gorda. Y claro, la pregunta surgió a coro: ¿Dónde carajo te metiste? Tomó aliento y dijo: “Le puse el vale a la que ganó. Pero no podía aguantar la ansiedad, así que me encerré en el baño. No quería escuchar nada. En eso empecé a escuchar el griterío, pero no podía determinar a quién gritaban. Me agarró una parálisis. Y me dije, ¿Qué hago? Salgo o no salgo… Ma’ yo salgo. Y salí.”


   Finalmente la triple garpó un dividendo más o menos jugoso, pero no tanto como él esperaba.


Ernesto Quirolo

martes, 17 de marzo de 2015

Plumas Burreras. Ahora sí.




            Allá por la sexta carrera (sexta barraca, las monedas que dio la exacta acertada en la segunda ni las tenía en cuenta), aprovechando que mientras se mantuviera con vida en el triplo no viajaría hasta las ventanillas, García se arrinconó en una punta del Paddock levantándose las solapas del sobretodo. Esperando el segundo pase, tal vez asaltado por algún recuerdo de pronto se encontró pensando cuánto hacía que no pisaba el hipódromo para disfrutar enteramente de las carreras.


martes, 30 de diciembre de 2014

Plumas Burreras - Sueño Casual. Por Nahuel Duhalde



SUEÑO CASUAL

por Nahuel Duhalde





Cuando era muy chico recuerdo ser fanático del fútbol, mirando todos los domingos Fútbol de Primera; a mi papá nunca le gustó el fútbol, pero el hecho que yo jugaba en un pequeño club lo fue acercando más y empezamos a compartir mirando partidos juntos.

Mis papás estaban separados, cuando los domingos mi madre me quería dejar con mi papá, muchas veces los escuchaba pelear por teléfono ya que él le decía que no podía porque se iba al hipódromo; ahí se armaba la podrida, mi mama le decía un montón de cosas, como "burrero de m...", y desde entonces yo empezaba a odiar el turf bajo influencia de mi mamá.

viernes, 26 de diciembre de 2014

Un Pellegrini para recordar. Por Ernesto Quirolo

En algún garabato que Lopecito tuvo la gentileza de publicarme en Plumas Burreras menciono, como al pasar, el Pellegrini de 1962, diciendo que algún día habría que hablar de ese acontecimiento. 

El tema anduvo bailando en mi cabeza un tiempo,  pero me faltaban precisiones sobre  algunos datos que no había conseguido retener, aunque si tenía fresca en mi memoria  aquella tarde y las cuestiones principales de la jornada. Busqué infructuosamente en la red. Nada, ni una palabra. 

En nuestra vida suelen cruzarse personas que no sabemos –a primera vista  si para bien o para mal, y tampoco sabemos qué nos pueden traer, tal vez algo importante, tal vez nada. El  12 de diciembre, vísperas del Pellegrini que hizo suyo Ídolo Porteño, Marcelo nos reunió en su casa de Soldati, a Lopecito, a Mário Rozano, a mí  y a  Marcos A. F. de Oliveira, a quien tuve el gusto de conocer esa noche.  Marcos es periodista de turf en Porto Alegre, investigador y coleccionista. Marcelo ya me había advertido que Marcos era poco menos que una enciclopedia andante  del Turf de Argentina, pero la verdad,  es que me dejó con la boca abierta. Increíble  la información que Marcos  tiene de nuestro turf, y ni hablar de  la prodigiosa memoria  de nuestro  amigo brasilero.

martes, 23 de diciembre de 2014

Plumas Burreras - ¡Quédese quieto que el suyo ya ganó! por Pablo Gallo




Ayer en el Bosque estuve con el gran “Ojito”, un arcón de anécdotas. Y extrajo de su memoria una verídica y sin desperdicio, relacionada con el mítico “Pepe el Herrero”, aquel personaje legendario de los Eucaliptos. Ligero si los había, as del plomo y de los zapatos, aunque altruista y lleno de códigos.
La historia habla de un trainer rosarino que había bajado a La Plata con 5 pensionistas, cuatro de ellos fogueados en el Independencia, y el restante novato de lujosa sangre. Década del 50’. Los bancaba un patrón de la ciudad de Santa Fe, proclive a “maniobrar”.
Aclimatados los caballos, fueron un par de veces de tanteo. Al cabo jugaron uno, y al piso. También el segundo. Otro se rompió en la partida final. Y el cuarto levantó cuando pasaba de largo por dentro: venía a tarifa, llegó 5º a menos de 1½ cuerpo y a suerte distinta ganaba con luz. En la semana cayó el “tronpa” a las Diagonales, y fue categórico: “Llevo perdido un dineral, vendamos todo y volvete para Rosario”.
Sin embargo, el cuidador le tenía una fe ciega al potrillo, aún sin debutar. Y le imploró sólo una chance. “Está bien, pero los demás se van. Vamos a aguantar a ese un tiempo más por el recuerdo que tengo de tu papá, que le cuidaba a mi abuelo. Es el último. El último de verdad.”.
Abrumado por las deudas, pues se había jugado la vida en las palmeras, el compositor se esmeró con el hijo del francés Timor. A las pocas semanas, el pecho le latía fuerte, porque el novato cada día andaba mejor. Salía como tejo de las gateras. Echaba 42” al freno. Y nadie conocía el nombre del zainito al que el “Negro” Fuma le sacaba, un viernes a las 10:30 de la mañana, 1’14”2/5 con 12” de final. Telefoneó a Santa Fe: “Corre como con ruedas. Es una fija, Alberto. Véngase con la familia, ya le dije a mi hijo que venda el reloj de oro de cadena y viaje también”.
Pero al anotar a su crédito en una prueba de 1100 metros, el rosarino se quedaba mudo: aparecía en la carta de inscripciones un SPC que dos meses atrás perdía a ½ cabeza en los 1200 de Palermo al hacer sus primeras armas, con aprontes espectaculares… y el resto a una cuadra. Ahora tenía 1’ clavado de pasada, amén de un corte jerárquico indudable.
“A este no le gano”, pensó. Entonces, a sabiendas que era propiedad de “Pepe el Herrero” y conociendo su espíritu generoso, se apersonó una tarde en su stud para apelar a su bondad. Se presentó, relató su triste historia y le sugirió que no lo corriese, para qué si ganaba en el Argentino y le validaba esta única oportunidad de sobrevivir:
– Estoy arruinado, amigo. Es lo último que me queda. El último animal. A todos los demás les gano, pero al suyo, no. Es una cuestión de vida o muerte para mí.
– Imposible, el caballo está preparado para correr, es de compromiso, es de un comisario. Mire, si fuera otro no habría problema, pero justo este… va a ser clasiquero. Lo siento mucho, mas no puedo.
– Pero Usted gana todos los días. Lo corre a las dos o tres semanas y es lo mismo…
– Perdóneme, pero lo tengo que correr.

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Casi no dormía. El día del estreno se acercaba. La tarde anterior, carcomido por los nervios y los fantasmas de la ruina, golpean la puerta del stud. Y grande es su sorpresa, porque en lugar de su pibe, quien llegaba de un momento a otro, se apersona un peón de “Pepe”, mandándolo a llamar.
– Mire, alguna vez he estado así como Usted, en desgracia. Pero sé que ha sido decente y ha ayudado a mucha gente. Corra al suyo nomás, córralo tranquilo, que al mío le va a ganar. No pregunte nada, vaya y quédese en paz.

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El hipódromo reventaba de gente. Jugaron todo lo que tenían. El patrón, su familia, el pibe, el cuidador. Al subir la pizarra, todos los boletos y los placés para el de “Pepe el Herrero”, favorito abrumador. El vástago de Timor con un puñadito, el de ellos. Rumbo a las cintas, la pregunta del “tronpa” no se hizo esperar:
– ¿Y el catorce? Todos dicen que no pierde ese pingo. ¿Seguro le ganamos?
– Ese no nos gana. Va de canción…
Don Alberto dudó, intuyendo para sus adentros que en veinte minutos se terminaba el cuento.
Largaron. El de “Pepe” adelante del malón. El Timor 4º y 5º con buena acción, 3º por los “siete” y 2º al pisar el derecho, a las patitas del puntero. Su jockey lo busca, pero el “cetorca” mueve y se le va al galope, tirándole vaaaaaaarios cuerpos en la raya, con el 3º al rato.
El cuida rosarino mira el piso, al borde del colapso, mientras vuelven los ejemplares al pesaje. “Pepe el Herrero”, impasible, toma de la brida al favorito, y pasa a su lado casi sin mirarlo. Aunque escucha el tono amenazante del tumbado:
– ¡¡¡Me pasó traidor, me pasó!!! Esto lo va a pagar!!!
“Pepe el Herrero” se detiene, lo mira a los ojos y de modo tajante le responde:
– ¡¡¡Quédese quieto que el suyo ya ganó!!!
– ¿Pero por qué me toma viejo? ¿No se da cuenta que me ha voltiado, que me tengo que matar?
– ¡¡¡Quédese quieto le digo, y vaya a cobrar!!!

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Algunos minutos después, el Hipódromo de La Plata enmudecía: los altoparlantes anunciaban la modificación del marcador porque al catorce le faltaban 4 kilos de su equipo de montar.


Pablo F. Gallo
TAG - Todo a Ganador

sábado, 6 de diciembre de 2014

Un Frankenstein criollo





            De vuelta en el pueblo, una de las visitas obligadas era la casa de los Garrido, ésa que mis recuerdos de pibe asociaban únicamente al aburrimiento. La relación entre nuestras familias abarcaba más de un siglo, se inició cuando dos antepasados plantaron sus chacras en un lugar que ni siquiera tenía nombre definido. Eran tierras robadas a los indios, regaladas a unos milicos de campaña y compradas muy barato por unos cuantos vivos entre los cuales se pudieron colar esos dos secos vaya a saber cómo. Nunca tuve ganas de investigar esa historia que algunos pintaban como épica.
Y allí estaba otra vez, mirando a los Garrido y los Gómez más chicos jugar a la pelota en el terreno del fondo mientras las generaciones mayores parloteaban como loros de cosas que treinta años después seguían sin interesarme. En la propiedad vecina, separada sólo por un alambrado, también los miraba jugar un hombre muy encorvado que mateaba en una sillita de paja. Después de algunas risas y miradas cómplices por las ocurrencias de los chicos me invitó a cruzar el alambre ofreciéndome un mate. Supongo que los burreros nos reconocemos enseguida, al rato ya estábamos hablando de caballos, y así seguimos hasta que vinieron a buscarme para comer los tradicionales fideos del domingo.

sábado, 29 de noviembre de 2014

Plumas burreras: Adrenalina

            


          Conocí a Horacio en uno de mis laburos. Coincidimos en el mismo departamento, una pequeña dependencia de la empresa que sólo necesitaba dos personas. Cuando llegué él ya estaba hacía unos meses, y en lo que a trabajo se refiere, a los dos minutos de ser presentados ya conformábamos un buen equipo. El gerente que me había entrevistado no era ningún gil, revisó el mazo en función de la carta nueva que le había caído y la ubicó de la mejor forma. Tanto Horacio como yo éramos dos tipos jóvenes pero ya bastante hastiados del ambiente de oficina, dos mercenarios que vendían sus conocimientos y experiencia al mejor postor, completamente desinteresados de cualquier carrera de ascensos y con un único objetivo: cobrar un sueldo pasándola lo mejor posible. Manejábamos nuestro sector casi de taquito, cubriéndonos mutuamente y haciendo frente común tanto para enfrentar las presiones de los clientes como las de los empleadores. Nuestras mañas de cagatintas sobraban para desenvolvernos cómodamente entre los habituales quilombos de aquel lugar. En el tiempo que compartimos tirando juntos del carro, nunca estuvimos desbordados ni con las cosas fuera de control. La Cueva de los Zorros (como una compañera había bautizado nuestra cucha) siempre tenía recursos para salir de cualquier problema, por chivo que fuese.