miércoles, 5 de noviembre de 2014

Plumas Burreras: Palo y Carambola

VIDA BURRERA: Relatos Breves



Palo y Carambola

El mediodía en el que al tordo Papuni R se le agotaron las excusas de Taiwán, fue justo el sábado de un Nacional y casi con sequía, por los naipes de contramano de un terco sabot de Punto y Banca. Así que al hombre no le quedó otra que decir la verdad para encarar la urgente situación, a su manera, claro, y blanquearse de una vez por todas, minga de laburar extras los fines de semana, qué carajo!

Desde el límite de la puerta del living, el mismo en el que en sus mañanas de soltero no lo podían tener ni con careta por la natural ansiedad ante semejante festín burrero, le dijo de una a su mujer: "Clarita, me voy al hipódromo...". Y se perdió en el ascensor ya estacionado por si acaso, mientras sentía un raro alivio por la abrupta confesión tras tantos años de un concubinato sin fisuras.


Claro que en cuanto se acomodó en la gatera del taxi, rumbo a Palermo, Papuni R advirtió el error por la torpeza del procedimiento. Ni falta que hacía confesar y fugarse de esa manera, fue lo que pensó. Pero no es fácil, ni aun para un chabón con la calle del Tordo, cargar con esos prejuicios y culpas bíblicas de las que no hay dios que pueda zafar. Fue por eso que pasó casi toda la reunión con un cosquilleo de calamidad en la boca del estómago, y a pesar del acierto de una trifecta reparadora para el grilo y de los gritos de desahogo que había preparado para El Moisés en la definición.

De vuelta al hogar, bien constituido, Papuni R igual se las ingenió para entrar con un gesto como si viniese de una misa de caridad. Pero el reflejo en el rostro bello y rejuvenecido de Clarita, plateado por el contraluz del arito de la Cruz del Sur del último aniversario, le devolvió el alma al cuerpo.

Era el santo y seña de que todo estaba bien, incluso para una reconciliación sin explicaciones y hasta con la ofrenda implícita de retozar sin horarios. Su mujer, radiante entre la mirra y el incienso de los sahumerios de la paz, lo recibió con la calidez de los primeros años del amor. Lo besó en los labios, le acarició la nuca como a un niño y le susurró al oído: "Tranquilo Papi; yo también me escapé a Palermo, aunque al subsuelo, y me gané el pozo del Súper Cherry de las maquinitas".

Sábanas egipcias y caricias sin reproches fueron el ritual de la renovación implícita, ahora libre, de legítimos votos informales. Camuflado entre el balde y el champán, un duende roba sueños fichaba a ganador por el segundo casorio en secreto de los concubinos, que inocentemente jugaban en serio al escolaso del amor...

Miguel López Biza

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