VIDA BURRERA: Relatos Breves
Palo y Carambola
El mediodía en el que al tordo Papuni R se le
agotaron las excusas de Taiwán, fue justo el sábado de un Nacional y casi con
sequía, por los naipes de contramano de un terco sabot de Punto y Banca. Así
que al hombre no le quedó otra que decir la verdad para encarar la urgente
situación, a su manera, claro, y blanquearse de una vez por todas, minga de
laburar extras los fines de semana, qué carajo!
Desde el límite de la puerta del living, el
mismo en el que en sus mañanas de soltero no lo podían tener ni con careta por
la natural ansiedad ante semejante festín burrero, le dijo de una a su mujer:
"Clarita, me voy al hipódromo...". Y se perdió en el ascensor ya
estacionado por si acaso, mientras sentía un raro alivio por la abrupta
confesión tras tantos años de un concubinato sin fisuras.
Claro que en cuanto se acomodó en la gatera
del taxi, rumbo a Palermo, Papuni R advirtió el error por la torpeza del
procedimiento. Ni falta que hacía confesar y fugarse de esa manera, fue lo que
pensó. Pero no es fácil, ni aun para un chabón con la calle del Tordo, cargar
con esos prejuicios y culpas bíblicas de las que no hay dios que pueda zafar.
Fue por eso que pasó casi toda la reunión con un cosquilleo de calamidad en la
boca del estómago, y a pesar del acierto de una trifecta reparadora para el
grilo y de los gritos de desahogo que había preparado para El Moisés en la
definición.
De vuelta al hogar, bien constituido, Papuni R
igual se las ingenió para entrar con un gesto como si viniese de una misa de
caridad. Pero el reflejo en el rostro bello y rejuvenecido de Clarita, plateado
por el contraluz del arito de la Cruz del Sur del último aniversario, le
devolvió el alma al cuerpo.
Era el santo y seña de que todo estaba bien,
incluso para una reconciliación sin explicaciones y hasta con la ofrenda
implícita de retozar sin horarios. Su mujer, radiante entre la mirra y el
incienso de los sahumerios de la paz, lo recibió con la calidez de los primeros
años del amor. Lo besó en los labios, le acarició la nuca como a un niño y le
susurró al oído: "Tranquilo Papi; yo también me escapé a Palermo, aunque
al subsuelo, y me gané el pozo del Súper Cherry de las maquinitas".
Sábanas egipcias y caricias sin reproches
fueron el ritual de la renovación implícita, ahora libre, de legítimos votos
informales. Camuflado entre el balde y el champán, un duende roba sueños
fichaba a ganador por el segundo casorio en secreto de los concubinos, que
inocentemente jugaban en serio al escolaso del amor...
Miguel López Biza

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