jueves, 2 de abril de 2015

Caballo florido, por Charles Bukowski





Me pasé la noche sin dormir con John el Barbas. Hablamos de Creeley, él a favor, yo en contra. Yo estaba borracho cuando llegué, y llevaba cerveza conmigo. Hablamos de muchas cosas, de mí, de él, simple conversación general, y pasó la noche. Hacia las seis me metí en el auto y bajé de las colinas hasta Sunset. Entré en casa, busqué otra cerveza, conseguí desvestirme y me acosté. Desperté al mediodía, mal. Salté de la cama, me enfundé la ropa, me limpié los dientes, me peiné. Contemplé un rostro balanceante en el espejo, me volví rápido, giraron las paredes, salí por la puerta y logré entrar en el coche. Puse rumbo sur hacia Hollywood Park. Lo de siempre.

Aposté diez al favorito 8 por 5. Un muchacho alto de traje oscuro corrió hacia la ventanilla intentando apostar en el último minuto. Debía medir más de dos metros. Intenté zafarme pero me arreó con el hombro en plena cara. Casi me noquea.
-Cabrón hijoputa, ¡Ten cuidado! -le grité.
Estaba tan obsesionado con su apuesta que no me oyó. Subí la rampa y vi ganar al 8 por 5. Salí del club, entré en la parte de la tribuna principal y tomé una taza de café caliente, sin leche. Toda la pista parecía un ondulamiento psicodélico. 5.18 pavos de beneficio en la primera carrera.
No quería estar en la pista. No quería estar en ningún sitio. Hay veces que un hombre tiene que luchar tanto por la vida que ni tiempo tiene de vivirla. Volví al club, terminé el café y me senté para no desmayarme. Estaba mal, muy mal. Cuando quedaba un minuto volví a la cola. Un tipejo japonés se volvió y me dijo nariz con nariz:
-¿A quién prefiere?
Ni siquiera tenía programa, intentaba atisbar el mío. Los hay que son capaces de apostar diez o veinte dólares en una carrera y son tan tacaños que no compran un programa de cuarenta centavos que contiene además el historial de los caballos.
-No me gusta ninguno -le dije con un bufido.
Así me libré de él. Se dio vuelta para intentar leer el programa del que tenía adelante en la cola. Espiaba por el costado del tipo, por encima del hombro. Aposté y salí a ver la carrera. Jerry Perkins corría como el jamelgo de catorce años que era y Charley Short parecía como dormido en la bici. Quizás hubiese estado también despierto toda la noche, con el caballo. Ganó Night Freight, 18 por 1. Rompí los boletos. El día anterior había ganado un 15 por 1 y después un 60 por 1. Querían empujarme al precipicio. Tenía ropa y zapatos de espantapájaros. Un jugador puede gastar en todo menos en ropa: el trago vale, comida, jodienda, pero ropa no. Mientras no estés desnudo y tengas tus verdes, te dejan apostar.

La gente miraba a una tía de minifalda cortísima. ¡Pero corta de veras! Era joven y con clase. Comprobé. Demasiado. Una dormida me costaría cien. Decía que trabajaba de camarera en un sitio. Yo volví al mío con mi ropa andrajosa, ella fue a la barra y se pagó su propia bebida. Tomé otro café.
Le había dicho a John el Barbas la noche anterior que el hombre suele pagar cien veces más por un polvo de lo que vale. Yo no. La de la minifalda valía unos ocho dólares. Sólo me aumentaba unas trece veces su valor. Buena chica.

Me puse en la cola para la apuesta siguiente. El gordo que estaba adelante parecía dormido. No parecía que quisiese apostar.
-Vamos, apueste y muévase -dije.
Daba la impresión de estar atascado en la ventanilla. Se volvió lentamente y lo eché a un lado, metiéndole el codo lo saqué de la ventanilla. Si me decía algo le pensaba pegar. La resaca me había puesto nervioso. Aposté veinte ganadores a Scottish Dream, un buen caballo, aunque temía que Craine no lo montara bien. No le había visto una buena carrera, así que, en fin... se lo merecía. Salieron y un 18 por 1 lo pasó en la recta final. Quedó segundo. El precipicio estaba cada vez más cerca. Miré a la gente. ¿Qué hacían ellos allí? ¿Por qué no estaban trabajando? ¿Cómo hacían? Había unos cuantos ricos en el bar. Ellos no estaban preocupados, pero tenían esa mirada mortecina especial del rico que llega cuando el espíritu de lucha se esfuma de ellos y no queda nada que lo sustituya. Ningún interés, sólo ser ricos. Pobres diablos. Sí. ja, jajajá, ja.
No bebía más que agua. Estaba seco. Enfermo, seco y descolgado. Acorralado otra vez. Qué deporte aburrido. Se acercó a mí un hispano bien vestido que olía a asesinato e incesto. Olía como una tubería de cloaca atascada.
-Dame un dólar -dijo.
-Vete a la mierda -dije yo muy tranquilo.
Se volvió y se acercó al siguiente.
-Dame un dólar -dijo.
Tuvo su respuesta. Se había topado con un duro de Nueva York.
-Dame tú diez, pijotero -le dijo el duro.
Paseaba por allí otra gente robada por Scottish Dream. Quebrados, furiosos, angustiados. Machacados, mutilados, engañados, cazados, estafados, atrapados. Jodidos. Volverían por más si consiguieran algo de dinero. ¿Yo? yo iba a empezar a robar carteras o a hacerme proxeneta, algo así.

La carrera siguiente no fue mejor, llegué otra vez segundo. Jean Daily me jodió con Peper Tone. Empecé a convencerme de que todos mis años de experiencia en las carreras (tantas horas nocturnas de estudio) eran pura ilusión. Demonios, eran sólo animales, tú los soltabas y pasaba algo. Habría estado mejor en mi casa oyendo algo muy cursi (Carmen en inglés) y esperando a que el casero me echara a patadas. En la quinta volví a quedar segundo con Bobbijack, me ganó Stormy Scott N. La elección obvia era Stormy, sobre todo porque tenía el mejor jinete, Farrington, y había ganado por once cuerpos su última carrera. Segundo otra vez en la sexta con Shotgun, un número uno a 8 por 1. Le ganó Peper Streak. Rompí el boleto de diez dólares. Quedé tercero en la séptima y fueron otros 50 dólares. En la octava tenía que elegir entre Creedy Cash y Red Wave. Me quedé al final con Red Wave, y naturalmente ganó Creedy Cash a 8 por 5 con O'Brien, lo que no fue ninguna sorpresa. Creedy había ganado ya 10 de 19 aquel año. Se me había ido la mano con Red Wave y ya eran 90 pavos.
Fui a echar una meada. Allí estaban todos dando vueltas, dispuestos a matar, a robar carteras. Una multitud remota y maltratada. Pronto saldrían, terminado ya todo. Vaya vida. Familias rotas, trabajos perdidos, negocios perdidos. Locura. Pero pagaban impuestos al buen estado de California, amigo. Un siete u ocho por ciento de cada dólar. Parte de eso construía carreteras, pagaba policías para amenazarte, construía manicomios, alimentaba y pagaba al gobierno.

Un tiro más. Aposté por un jamelgo de once años, Fitment, que en su última carrera había terminado a trece cuerpos del que habían elegido seis mil quinientos tickets, y que ahora corría contra un par de doce mil quinientos y uno de ocho mil. Había que estar loco, y además aceptando sólo 9 por 2. Aposté diez ganadores a Urrall, a 6 por 1 como apuesta de compensación, y cuarenta ganadores a Fitment. Eso me hundía ciento cuarenta dólares en el agujero. Cuarenta y siete años y aún correteando por el País de las Hadas. Atrapado como el más imbécil. Salí a ver la carrera.
Fitment iba a dos largos al doblar la primera curva, pero corría bien. No te hundas, querido, no te hundas. Al menos concédeme una carrerita, sólo una. Para qué quieren los dioses cagar siempre sobre el mismo individuo: yo. Que todos tengan su oportunidad. Estaba oscureciendo y los caballos corrían entre la nieve. Fitment se lanzó a la punta al enfilar la recta opuesta. Pero el favorito 8 por 5 Meadow Hutch se colocó delante de él. Corrieron así un tramo y luego Fitment avanzó. Alcanzó a Meadow Hutch, lo igualó y lo dejó atrás. Bien, hemos liquidado al favorito 8 por 5, ahora sólo quedan otros ocho caballos. Mierda, mierda, no lo dejarán, pensé. Saldrá alguno del grupo. Los dioses no me concederán un alivio. Volvería a mi habitación y me tumbaría en la oscuridad con las luces apagadas, mirando al techo, preguntándome qué significaba todo aquello. Fitment llevaba dos cuerpos en la recta final y yo esperaba. Parecía una recta muy larga. Dios mío, ¡qué larga era! ¡Qué larga!
No podrá ser. No puedo soportarlo. Qué oscuro está. Ciento cuarenta pavos menos. Enfermo, viejo, imbécil, desgraciado. Verrugas en el alma.
Las jóvenes duermen con gigantes de inteligencia y cuerpo. Las chicas se ríen de mí cuando voy por la calle.
Fitment. Fitment.
Mantenía los dos cuerpos y seguía.
Los demás quedaron a dos cuerpos y medio. Nadie se acercó más.

Maravilloso. Una sinfonía. Sonreía hasta la niebla. Lo vi llegar a la meta, después me fui a tomar un poco más de agua. Cuando volví habían puesto el precio: 11,80 dólares por 2. Había ganado 40. Saqué la pluma y calculé. 236 dólares menos mis 140. Un beneficio de 96. Fitment. Amor. Niño. Amor. Caballo florido.
La cola de los diez dólares era larga. Fui al baño, me mojé la cara. Había recuperado el ritmo otra vez. Salí y busqué los boletos.
¡Pero sólo encontraba tres boletos de Fitment! ¡Había perdido uno en algún lugar!
¡Aficionado! ¡Imbécil! Me sentí más enfermo. Un boleto de diez valía cincuenta y nueve dólares. Volví sobre mis pasos recogiendo tickets. Ninguno del número 4. Alguien había agarrado mi boleto.
Me puse en la cola, buscando en la cartera. ¡Pedazo de burro! Encontré el otro boleto. Se había deslizado por detrás de una abertura de la cartera. Era la primera vez que me pasaba. ¡Cartera de mierda!
Cobré mis 236 dólares. Vi a Minifalda buscándome. Me tiré por el ascensor, compré un periódico, esquivé a los conductores del estacionamiento y llegué al auto.

Encendí un puro. Bueno, pensé, no hay por qué negarlo: simplemente un genio no puede perder. Con esta idea arranqué mi Plymouth del 57. Conduje con gran cuidado y cortesía. Tarareé el concierto en re mayor para violín y orquesta de Piotr Ilych Tchaikovsky. Había inventado un pasaje verbal que abarcaba el tema principal: “una vez más, volveremos a ser libres. Oh, una vez más, volveremos a ser libres, libres otra vez, libres otra vez...”.

Salí entre los furiosos perdedores. Los fracasados. Lo único que les quedaba eran aquellos coches de seguro caro y aún sin pagar. Se desafiaban y se arriesgaban a la mutilación y al asesinato, Zumbando, acuchillando, sin ceder ni un centímetro. Me desvié en Century. Se paró el auto justo en la salida y bloqueé atrás a otros catorce. Pisé en seguida el pedal, hice un guiño al policía de tráfico y le di al arranque. Engranó, salí y continué a través de la niebla. Los Ángeles no era en realidad un mal lugar: ahí un sinvergüenza siempre podía salir adelante.



Charles Bukowski

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