Entrando
al hipódromo escuchó a sus espaldas una voz que reconoció inmediatamente pese
al tiempo transcurrido. Pero al darse vuelta para mirar, nada. Salió del paso
de la gente que ingresaba para observar más detenidamente. Nada.
Ahora los caballos de la
décima volvían del codo de Dorrego. El moro clavado en el último pase de la
cadena, esperanza de placé, era el primero en encontrarse con su peón entre el
viento arremolinado y la llovizna, cada vez más fuertes. Antes de ir a refugiarse
en el interior de la tribuna volvió a mirar hacia abajo. Veinte años atrás, en
aquel lugar había conocido a un hombre que nunca olvidó, el mismo que creyó
escuchar hablar cuando entraba. Pero ahora allí no había nadie, sólo el reflejo
de las luces sobre las baldosas mojadas.
Fue en busca de un café
mientras veía venir los recuerdos.
Era
una soleada tarde en Palermo. Con Roge habían estado mirando cada carrera desde
un lugar distinto. Cuando abandonaron sus lugares en las tribunitas del final de
la recta recién terminaba una, momento preciso en el que arrecian los
penitentes al muro de los lamentos y hace su aparición el inefable Viejo Leiva,
que siempre le iba a jugar. De pronto se encontraron casi en el medio de una
conversación. Roge estaba prestando atención a lo que decían y tirándole una
mirada cortita le sugirió que se quedaran allí. Dos tipos hablaban con cierta
resignada indignación de alguien vinculado a la carrera de un rato antes, y un
tercero, casi un gigante al lado de ellos, los escuchaba con una sonrisa
condescendiente. Tenía las manos en los bolsillos y de a ratos miraba el piso
haciendo gestos negativos con la cabeza. De pronto se hizo un pequeño silencio
y el grandote, variando ligeramente la posición de su cuerpo, como invitando a
que la gente cercana se arrimara, comenzó a hablar.
–Ah… Qué cosa… A esta altura de mi vida, me
he dado cuenta de que… Mire, la vez pasada una señora amiga me invita a un
stud. Me dice venga, usted es de confianza, venga y compruébelo con sus mismos
ojos.
El hombre hizo una pequeña pausa y dirigió su
mirada más allá del pequeño círculo de gente que lo rodeaba, como observando
distraídamente algo a lo lejos. En realidad se estaba asegurando de haber
captado la atención de quienes estaban cerca. Era muy alto, macizo. Tenía un
traje brilloso que alguna vez había sido marrón, una camisa de un celeste
descolorido con el cuello tan aplastado y sucio como la corbata y unos viejos
zapatones con añejas marcas de polvo. Parecía llevar aquella vestimenta desde
la década anterior, como si un día se hubiera vestido para ya no volver a
cambiarse nunca. El pelo entrecano, tieso y peinado hacia atrás. Hablaba
pausada y claramente, con un vozarrón grave, de extraña reverberación.
–Llego, esta amiga me recibe, charlamos un
rato, me lleva al lado de un box y me dice
que observe. Aparece un tipo de delantal blanco con una jeringa así –el
grandote sacó las manos de los bolsillos para graficar un tamaño exagerado y
miró a todos los que lo escuchaban.
–¡Así,
no le miento! Llena de un líquido amarillo. Va, se mete en el box y se
la inyecta al animal. La señora amiga me dice –¿Y? ¿Le queda alguna duda?
El tipo soltó una risa oscura y cavernosa,
como prologando el final de su relato. Hay quienes sostienen que algunas
mascotas luego un largo tiempo de convivencia terminan pareciéndose a sus
dueños. Bueno, con este tipo la cosa había funcionado al revés. Seguramente los
años de hipódromo le habían mimetizado la cara con la de los sangre pura,
empezando por los grandes y caballunos dientes que mostraba al sonreír. Daban
ganas de convidarle una zanahoria o tirarle unos terrones de azúcar.
–¿Y que hago yo? ¡No lo juego! ¿Se da cuenta?
¡No lo juego! Es decir, no es que me llegó la versión de un tercero, de alguien
a quien le habían contado, o algo así. ¡No! ¡Yo estaba allí! Yo ví lo que
hacían, esta señora amiga todavía se reía por mi sorpresa.
Con ambas manos nuevamente en sus bolsillos
el grandote volvió sonreír haciendo gestos negativos con la cabeza y mirando el
piso.
–En fin… Por eso le digo. A esta altura de mi
vida…
Después de algunas sonrisas y
gestos de admiración en el transcurso de la anécdota, con Roge habían seguido
camino rumbo a la tribuna. Allá atrás, el grandote había vuelto a su actitud de
escuchar la conversación de los otros.
–¿Qué personaje, eh? –dijo Roge acomodándose
en un escalón y metiendo la mano en su inseparable portafolios. –Este se
levanta a la mañana y en lugar de desperezarse y bostezar tira un par de
patadas al aire y pega unos relinchos. ¿Cómo fue que dijo? A esta altura de mi
vida…
Sí, ese tipo era singular
dentro de la inagotable galería de personajes que habían conocido a lo largo de
los años en el HP. Al intentar describir su aspecto con adjetivos tales como
sucio, desaliñado o descuidado, sólo se lo estaba definiendo en forma parcial.
Roge, con su natural habilidad para los apodos dio con el término justo: a
partir de aquella tarde, cuando recordaran a ese tipo, nombrarían a El Gastao’.
Nunca
pudo olvidar a aquel gigantón. Había algo en ese hombre que no podía definir, y tal vez por eso siempre lo
relacionó con personajes de la literatura. Durante un tiempo lo asoció con
aquel gallego de las novelas de Geno Díaz, Don Ignacio Calderón de Zocuéllamo y
Zamorano del Monte, un español afincado por estas tierras que hacía corretajes
de artículos para bazar y aseguraba tener más de trescientos años. Con voz de
trueno y verbo florido se definía a sí mismo como una especie de cruzado
solitario en la infatigable lucha contra los italianos, gente que a su entender
todo lo vulgarizaba y pervertía. Eterno trotacalles, si decidía darle una
tregua a sus fatigas de vendedor descansando un rato en un boliche, con gesto
cortés hacia los parroquianos se sacaba el sombrero y tomando asiento contaba
con naturalidad anécdotas del Centenario, de la Mazorca o del Virrey Cevallos.
Don Ignacio desaparecía tan sorpresiva y enigmáticamente como había llegado por
las calles de Mataderos, valija en mano, vistiendo siempre un impermeable largo
y grasiento, bastión inexpugnable de la hispanidad amenazada por los
devoradores de vermicellis.
También supo asociarlo con
El Mago Mishiadura, inquietante y fantasmal presencia en uno de los libros de
Enrique Medina. El Mago era un asiduo concurrente a los teatros de striptease,
mundo en penumbras donde a veces se descubría a algún espectador degollado en
su butaca. Alto y flaco, siempre con el mismo traje arrugado, siempre con las
manos en los bolsillos del pantalón. Y siempre con un faso prendido entre los
labios que nunca nadie había visto que encendiera.
Y en tren de asociaciones hasta lo
había vinculado con aquel personaje de leyenda llevado a la historieta:
Gilgamesh, El Inmortal. Un rey que obsesionado por la inmortalidad había ido
aislándose cada vez más de la gente hasta terminar encerrado en su ziggurat, sumido
en largas cavilaciones y desentendido de su pueblo. La caída de una extraña
nave en campos vecinos hizo que pudiera negociar su anhelo con un habitante de
las galaxias llamado Utnapistim, quien antes de acceder a al pedido lo alertó
gravemente sobre la tremenda soledad que lo esperaba.
Intuía que eso que nunca
había logrado definir en El Gastao’
quizá tuviera algo que ver con la raída hidalguía de Don Ignacio Calderón, con
el misterio del Mago o con la fantástica vida de Gilgamesh. Nunca lo había visto
otra vez, pero pese al tiempo transcurrido a veces imaginaba encontrarlo en
algún rincón del HP, escucharlo hablar del pelaje encanecido de Pippermint
luego de su largo viaje, descubrirle el subrepticio filo de una faca debajo del
saco o verlo perderse entre las brumas del anochecer caminando por el Bajo
Belgrano.
Hoy,
veinte años después de aquella tarde, la fantasía desplegada desde entonces en
torno a aquel personaje que tanto lo había impresionado le signó toda la tarde.
Estaba seguro de haber escuchado nítidamente al entrar su voz grave, de extraña
reverberación. La hubiera reconocido entre una muchedumbre. Con el paso de las
carreras, los cafés y las ocasionales charlas, en ningún momento había dejado
de buscar con la mirada por todos lados al gigantón. Inclusive se había quedado
en el HP mucho más de lo habitual, dilatando el momento de irse, haciendo una
pequeña apuesta doble para poder seguir escudriñando en todas direcciones.
Nada.
Tan concentrado en la
búsqueda infructuosa estaba que, ya emprendiendo la retirada, casi se olvida
de cobrar los boletos de la única carrera que había acertado. Volvió sobre sus
pasos, pasó por la ventanilla y reemprendió el camino. Casi llegando a la salida advirtió que cinco personas charlaban animadamente guareciéndose de la llovizna cerca de los boxes.
Algo en el grupo le llamó la atención. El corazón comenzó a latirle más fuerte.
Comprobó
que no le habían fallado la memoria ni el oído cuando entró, horas atrás.
Allí, algo oculto por las sombras, El Gastao’ escuchaba con atención a los
demás. El mismo traje brilloso, la misma camisa tan aplastada y sucia como la
corbata, la misma expresión caballuna. De pronto salió del cono de sombras en
el que se encontraba y mirándolo directamente, como si hubiera estado esperando
su presencia paciente e inexorablemente durante todos aquellos años, con un
extraño brillo en los ojos dijo:
–Mire, a esta altura de mi vida, me he dado cuenta de que soy un
otario.
Marcelo Fébula
