Relato publicado en TAG en 2006. Reedición a pedido del amigo Rubén F., que lo inspiró con la cicatriz que porta en su sien izquierda.
Ida. 160 Claypole - Ciudad Universitaria.
Qué
carreta este bondi. También… si viene de la loma del peludo. En una de ésas el
fercho hizo la parte de provincia a los piques y ahora compensa para que no lo
cague el chancho. Menos mal que lo tomé temprano, llego bien para la tercera.
Poco burrero acá arriba. Bueh, ésos dos veteranos al
Mozarteum no van, seguro que son de la barra. Veremos si me equivoco al llegar a la parada. ¿Qué pasa? ¿Adónde van todos estos pibes? Es un jardín de infantes
entero, encima con las madres, qué quilombo que meten. Tengo que dar el
asiento. Venga señora. No hay porqué. Qué enano tan simpático, le guiño un
ojo y se ríe. Hola. Hace dos minutos venía tranquilo como para repasar algunas
cosas en la revista, ahora soy una sardina más en la lata. De dorapa, esquivando
mochilas y colgado del pasamanos. ¿Qué le pasa al pequeñín?
Habla con la madre y me mira. Ah, me caló la revista. Le pregunta
algo a la madre pero ella ya intuye que el señor que les cedió el asiento no
lee la Noticias y trata de interesarlo sobre las cosas que se pueden ver a
través de la ventanilla. El pibe le hace caso y cuando ve el frente
de una panadería cerrada la mira como no entendiendo. La madre insiste cuando
el bondi arranca pero el chico solo mira por algunos segundos las veredas en
las que no pasa nada. Porfiado, vuelve a hablarle mirando la revista y ahora la
señala. Bueno, acá voy. ¿Querés mirarla? Tomá. ¿Eh? ¿Si tiene dibujos? No.
Tiene algunas fotos de caballos. La madre sonríe incómoda, el pibe entiende la
sonrisa como un permiso y manotea la revista que le ofrezco. Empieza a
pasar las páginas y después vuelve a mirar
la tapa. Entonces la madre se la saca de las manos y me la devuelve.
Otra vez le guiño un ojo. Asunto terminado. Me caés muy bien, como casi todos
los pibes, y hasta tengo ganas de charlar un rato, pero tu vieja no ve la hora
de salir rajando. Tranquila señora, los burreros no muerden, la gente peligrosa
está en otros lugares. ¿Se bajan todos? Bueno, chau enano, chau señora… ¡Eh! ¿Porqué
esa cara de rope? Está bien, llevalo al hospital, cuando le presté la revista
le pasé el virus. Andá a darle una vacuna, no sea cosa que lleguen a la casa y
el pibe se ponga a dibujar yobacas. Muy bien, sentados otra vez. La verdad es
que ni me hace falta repasar la revista, si ya estudié en casa. Sería como un
atleta sobreentrenado. Mejor pensar en los escenarios posibles de la vuelta.
Uno se puede dar al volver habiendo perdido mucho. Imposible, no puedo perder
mucho porque no tengo mucho. Otro:
volver habiendo perdido, con toda seguridad el más probable, doloroso pero
preferible al “salí hecho” con cara de conforme. Esto es como en el tute,
pierde el que se queda en el diome. Pasemos a los más difíciles. Volver
ganando. Poco probable, pero no imposible, al fin y al cabo uno va a pelearla
lo mejor que puede. ¿Y volver ganando mucho? No, pero guarda que me favorecen
las estadísticas, las probabilidades matemáticas, ya que la última vez que
acerté en grande largaban con cintas. Es como un atrasado a la zabeca de
ochocientos sorteos, más o menos. Bueno, no sé porqué estoy pensando en estas cosas,
al fin y al cabo la manga de hinchapelotas que se quedó de sobremesa me importa
tres carajos. Yo me juego la mía y jamás les he pedido nada. Si les molesta que
un miembro de la familia se haga humo en medio del domingo, problema de ellos.
Si fueran menos hipócritas no montarían ese circo de la familia unida mientras
se despellejan hablando entre dientes. ¿Les gusta comer asado, jugar a las
cartas y mirar el clásico del domingo en familia? Fenómeno. Morfen, jueguen y
miren. A mí me gusta pasar toda la tarde en las carreras. La yugo toda la
semana y mi forma de disfrutar el descanso es ésa. No pretendo que compartan
mis gustos pero tampoco pidan que me quede con ustedes. La mano viene mal desde
el mes pasado, cuando se me ocurrió preguntar si dejaban a Pablito venir
conmigo a San Isidro. Mamita, una sanata interminable. Como un gil me puse a
contestarles y a discutir. Pero no me agarran más. Andá a saber cómo le
llenaron la cabeza al pibe desde aquel día, porque a veces me mira desconfiado y medio de lejos. Le habrá contado a la maestra que tiene un tío peligroso. Encima ese
día se me hizo tarde. El llegar ganando o perdiendo no agrega ni quita nada a
mi relación con ellos, pero igual no puedo dejar de pensar en los escenarios de
la vuelta. Seguro que van a estar todos siguiendo de largo hasta la cena con
el pretexto de aprovechar el asado frío y las empanadas que se pueden calentar.
Y yo como un gil siempre llego antes que se piren. No me costaría nada hacer
tiempo, comer en algún bodegón y llegar cuando no queda nadie. Pero no, hay una
batalla subterránea con mis cuñados que no puedo abandonar. Tengo que llegar cuando
todavía están y ponerle el pecho a todas la boludeces que insinúan o a veces se
animan a decir. Mi hermana lo toma como una provocación. No lo entiendo. ¿Mi
sola presencia es una provocación? ¿No estoy llegando a mi casa, al lugar donde
vivo? Está toda esa historia del padre de mi cuñado, un jovato al que
terminaron arrastrando hasta Jugadores Anónimos después que lo sorprendieron
con intenciones de hipotecar la casa. El viejo les sacó canas verdes hasta a
los bisnietos con el asunto del escolaso y entonces el que se quema con leche
cuando ve una vaca llora. La vaca vengo a ser yo. No les importa que jamás haya
cruzado la línea que cruzó el viejo, me ven y se ponen nerviosos. Un domingo no
tuvieron mejor idea que traerlo de tiro
para un asado. Cuando bajé de la zapie enseguida calé la situación,
porque me habían comentado lo del tratamiento. Estaban todos tensos, sonriendo
nerviosos y tratando de pasarle a cinco kilómetros a cualquier conversación que
rozara el escolaso. El viejo parecía una momia en la punta de la mesa, mirando
el humito que salía de la parrilla, ausente, apagado. La verdad es que estuve
mal. Bah, no sé hasta que punto. En un momento zafé de la marca y me senté al
lado del jovato cuando todavía faltaba como media hora para que salieran los
zochoris. Me miró como pidiendo socorro, al fin y al cabo nos habíamos visto
pocas veces pero sabíamos bien quién era quién. A los cinco minutos estábamos
meta hablar de burros. Ese tipo revivió, se encendió, no lo paraba nadie,
parecía otra persona. Había salido del estado catatónico y con la charla ya
ni pedía permiso para manotear la botella de tinto. Todos me miraban
como si fuera un asesino serial. Ese día la relación con mi cuñado terminó de pudrirse
del todo. Pero no lo hice a propósito, aunque nadie me crea. ¿De qué sirve un
tratamiento en Alcohólicos Anónimos si el paciente tiene que estar encerrado
las 24 horas vigilado por toda la familia para que no raje al boliche? Para eso es lo mismo ponerle un collar con
una cadena que sólo le permita llegar hasta la puerta de calle. Habrá un tiempo
de cuidado especial, está bien, pero demostrará que está realmente convencido
de lo que hace el tipo que habiéndose tomado todo es capaz de compartir una
mesa en el boliche tomando gaseosa mientras todos sus compañeros le pegan al
escabio. El tipo que con los fuelles hechos bolsa mordisquea un escarbadientes
un poco alejado del resto de la familia que fasea en la sobremesa. Ahí sí me
demostrarán los cojones que tienen para encarar su enfermedad. Con este viejo
lo mismo. Me dicen que no es así, que hay gente con la que sólo funciona la abstinencia
más absoluta. Qué se yo, puede ser. Entonces sí estuve mal aquel día. Para
colmo al otro domingo había carreras en La Plata, me daba fiaca ir hasta la
agencia con la lluvia y me quedé cuando se armaron las parejas de truco. Están
acostumbrados a hacerse los campeones pero no tienen carpeta. Sí, habitualmente
ganan, se conocen, juegan bien, todo fenómeno. Pero es como creerse que podés
correr en Fórmula 1 porque un par de veces ganaste la carrera de kartings en la
kermese. Y ahí estaban mis cuñados con esos giles compañeros de oficina que a veces
también caen con ellos haciéndose los tauras y proponiendo jugar por las pizzas de la noche. Estaban bastante calentitos cuando con Pablito les
ganamos el primer chico de la final. Al pibe, que liga como un descosido, se le
cortó la racha repentinamente y perdimos ahí nomás la revancha. En el bueno me hice el ofendido por alguna de las estupideces que decían y tiré un cien
sobre la mesa. Se hizo un silencio mortal y me empezaron a decir de todo por
actuar así adelante del pibe. Agarré el tellebi en silencio pero el otario de
mi cuñado, ignorando a mi hermana que quería apagar el incendio con un sifón,
entró como un caballo, peló la billetera y subió la parada golpeando la
mesa. Recordando los consejos de Osvaldito, que matiza su vida de bancario
desplumando gente en las timbas, jugué esperando la oportunidad, que llegó
bien sobre el final. Veníamos parejos pero ellos perdieron dos puntos clave y después
no pudieron recuperar. Se morfaron que me la jugué diciendo un quiero
con veinticuatro cuando en realidad le había vichado las cartas al que me
quiso correr con el envido. Chau, si quieren intentamos con otra cosa. Y ya me
fui por las ramas. Llego después de echar barraca. Saludo, por ahí me engancho
a mirar el fútbol. De pronto alguien pregunta cómo me fue. Bien, bien, un par
de carreras bárbaras. Y ya sé como sigue. Creo que hasta tienen una rutina
preparada. Uno dice ah, perdiste, y sobre el pucho el otro lo interrumpe con la
mano abierta y dice dejá, dejá, ahora se pone a contar que se le cayó el ocho
de la trifecta, el nueve de la doble, y lo que le pasa siempre. También sé cual
es la mejor estrategia para enfrentarlos. Mirarlos en silencio con una sonrisa
curiosa. Cuando ven que no me caliento empiezan a levantar temperatura, los
conozco bien. Llego con algún mango en el bolsillo. Mi respuesta no cambia.
Sigo comentando que ví un par de muy buenas carreras, pero después de escuchar
la rutina digo no, no, algo pude ganar y aproveché para comprarle un libro a
Pablito. Entonces le tiro al pibe la biografía de Bayer sobre Severino Di
Giovanni, el facho del viejo se pone cárdeno y empieza un quilombo de
campeonato. No, eso sí que sería hacer las cosas a propósito. Mejor digo que
algo gané y los dejo con las ganas de saber cuánto. ¡Eh! ¿Ya vamos por
Pacífico? Bueno, ya estamos. ¿Qué hacen los veteranos? Siguen en su asiento, en
dos minutos se devela la incógnita, o son de la barra o me equivoqué. Otro escenario
posible es llegar con el paco. Pero ya me tengo que bajar, si llego armado improviso
sobre la marcha. Los viejos me ganaron de mano y ya están acomodados en la
puerta. Ojalá acierte así esta tarde. Vamos muchachos, vamos que la arena nos
está esperando.
Vuelta. 160 Ciudad Universitaria - Claypole.
Y
dale con lo mismo. ¿Justo atrás se tienen que sentar estos dos? En la tribuna
lo mismo, meta darle con un caño al jockey y al cuida diciendo que la armaron
bien, que son unos chorros, y toda esa historia. Me hincharon tanto las
bolas que al final me metí en la conversación. El caballo venía de dos NP, la
última sin apreciación, está bien. Pero hay que mirar bien. Si uno recuerda
esa carrera sabe que llegó al tranco porque en el palo de los 600 el jóckey levantó creyendo que se había sentido de una mano. Encima me
miraban desconfiados. Uno los llamó a la reflexión
diciendo que sí, el señor tiene razón, acuérdense que ese día Pepe acertó la última
doble. Bueno chau. Dejen de rezongar porque sí. Yo también a veces me pongo
loco pero hay que tratar de asegurarse bien antes de mandar fruta, viejo. Qué
primer pase era ese yobaca para la doble. Me vengo a caer en el segundo
con ese favorito que entró en la noche callada. Y menos mal que se me ocurrió
tirarle unas monedas a tercero, con eso recuperé algo y pude seguir tirando un
rato. En fin. Como me gustaría volver a ver esa carrera. Todos los que lo
querían pelear se iban a baraja. Es un placer acertar la tira. Pero no esa
tira. La otra, la de largada-desarrollo-disco. Algún maligno me puede decir que
más placer hubiera sido jugarle a ganador y acertar la doble. Sí, está bien. Me
puse contento por el abuelo. ¡Qué fenómeno! Ochenta y cinco pirulines. Ochenta
de carreras. Acertó esa doble y una exacta en el clásico. Me hubiera gustado
charlar y preguntarle de Yatasto pero me dijo que iba rumbeando para la casa porque
si llegaba muy tarde la patrona y la hija lo retaban. Estos dos siguen con lo
mismo. No pienso intervenir, sigan opinando así. Encima me miran como esperando
que les dé la razón. Que lo parió, cada vez suben más, cuando agarre Medrano va
a ser un martirio. Mañana hay un pozo grande en la cadena. Tengo que ver
si puedo jugar algo en el turfito que pusieron a dos cuadras del laburo. Una
fichada humilde, nada de agarrar la calculadora. Lo único que tengo en claro ese moro que estaba anotado la semana pasada y se borró. Si mañana corre lo mando
seco en el pase que sea. Aquel está escuchando los comentarios de la radio. ¿Así
que perdieron esos muertos? Bueno, aquellos no deben tener muchas ganas de
joderme con lo reventados que son, si miraron el partido deben andar con la
jeta por el piso. Lástima el pibe, lo hicieron hincha de prepo y ni siquiera
conoce la cancha. Dicen que es muy peligroso llevar a un chico. Por favor, tienen más cagaso ellos que el pibe.
Por eso decía yo, déjenlo que venga conmigo a San Isidro y no van a estar preocupados
por las avalanchas y todo eso. Qué buena carrera la cuarta. En los doscientos
todos los gritos valían, qué bárbaro. El mío se quedó corto en la atropellada.
En la próxima devuelve la guita. Pero hoy pagaba casi seis… Cuarto a menos de
un cuerpo. Mañana mejor me escapo cuando ya estén en línea con el HP. No
conozco bien al agenciero y me dá un poco de desconfianza dejarle anotada la
cadena cuando paso al mediodía. Uy, ya estamos. ¿Baja jefe? Gracias. No andan
ni los perros en la calle. Al sobre temprano que mañana hay que laburar muchachos.
Ahí están los autos de mis queridos domingueros. Esa es la camioneta del jefe
que tienen en el laburo. No estaba hoy al mediodía, cayó después. Bueh,
adentro mi alma.
-Hola. Buenas noches.
-¡Hola! Salvador, acá te presento a mi
cuñadito el burrero. ¿O ya lo conocías? ¡Ah, sí! La vez pasada lo viste, ¿no?
-Sí, sí, buenas noches. ¿Cómo anda eso?
-Bien, gracias. ¿Qué hacés Pablito? ¿Miraste
el partido?
-Sí, lo miró, no te hagas el boludo, te están
preguntando cómo te fue. ¿Te da vergüenza
decir que perdiste?
-No. Pero no me preguntaron eso.
-Pará, pará. Acá te preguntaron bien claro
cómo anda eso, ¿no Salvador? Muy bien. ¿Y?
-Y yo respondí. Bien. Anda todo muy bien. ¿Qué
tal el partido Pablito?
-No verduguees al pibe che, ¿no te da
verguenza?
-No lo estoy verdugueando. Le estoy
preguntando si fue bueno o malo aparte del resultado.
-¿Y qué te va a decir? ¿Perdimos pero el
partido fué bueno?
-Algo así. Todavía está a tiempo para pensar
de otra forma.
-Dejalo, dejalo que piense como piensa. Pero
no te escapes por la tangente. Acá me estaban preguntando por mi cuñadito el calavera,
que los domingos se raja a las carreras y le importa un carajo la familia.
-Bueno, ya llegué. Que pregunten lo que
quieran nomás. ¿Está caliente el mate?
-No, está frío, ya casi es la hora de la
cena. Tomamos mientras duró la truqueada.
-¿Hubo truco? Que bien. ¿Vos te sentaste para
jugar?
-¿Y cómo no se va a sentar?
-Ah... usted no sabe, claro, no estuvo aquel
día. Le pregunto eso porque la última vez que vino a jugar con gente de la
oficina le quedó el hoyo a la miseria.
-Qué guarango sos, qué guarango. Apenas
conocés a esta gente, viejo.
-Perdón, perdón señora. No quise ofenderlos.
-Por favor, no nos ofende. Hoy tuvimos
suerte, acá con su cuñado hicimos tabla rasa. Lástima que usted no pudo
participar.
-¡No! El señor estaba muy ocupado perdiendo la plata en el hipódromo.
-Sí, la verdad es que anduve muy ocupado.
Pero ya habrá oportunidad, no se preocupe.
-Mire, casualmente estaba tratando de
convencer a su familia para que se vengan un domingo a la quinta, suele venir gente
de la oficina. Vaya una invitación por las veces que me han invitado a mí. ¿Qué
le parece? Un asadito allá, debajo de los árboles, y después un buen truco.
-Si es por equilibrar las invitaciones no se
preocupe. Mis cuñados hace como diez años que vienen a garronear todos los
domingos y ni piensan en equilibrar nada. No hay problema. ¿Dónde tiene la
quinta, doctor?
-En Cardales.
-¡Cardales! Hay unos cuantos haras por ahí.
-¡Ya está! ¿No ves que sos un enfermo? ¡Te
invitan a un asado y lo primero que pensás es si hay algún caballo cerca!
-Podemos hacer doblete. Un asado en lo del
doctor y una visita a algún haras de la zona.
-Bueno, la verdad es que...
-Disculpá, disculpá Salvador. No te gastes,
le contesto yo. Ni-lo-pienses. Así te lo digo. Dejá, seguí yendo los domingos a
encontrarte con esos delincuentes.
-¡Pero si eso es lo que quiero! ¿Ustedes no
trabajan en un banco? ¿Entonces? ¿Dónde voy a encontrar más delincuentes que en la quinta donde se reúnen?
La
verdad, nunca pensé que mi cuñado me iba a tirar un botellazo por la cabeza.
Fui rápido de reflejos y apenas me quedó un raspón acá en el cuerno, donde me
rozó. Se vé que se puso ciego y manoteó
lo primero que vió sobre la mesa. Qué boludo. Nunca nos pudimos ver, el domingo
tuvo la gran oportunidad de cagarme a palos con la excusa de que le ofendí al
jefe, o al amigo, qué se yo. Semejante ropero con un rencor de tantos años, yo
peso pluma, me hubiera destrozado. Pero no, el gil va y me revolea con la
botella. Y mientras lo sostenían entre cuatro se ponía cada vez más loco,
porque yo lo miraba tranquilo, sin despegarme de la silla. Al final le agarró
ese ataque y terminó en el sanatorio. Mi vieja me contó que
se va a tener que cuidar con el asunto de la presión. Ya me mandaron a
decir por ella que ni mis hermanas ni mis cuñados me van a pasar más bola. En
realidad la Martita se enojó en serio cuando le dije que no era molestia
pasar por el sanatorio ya que me quedaba de paso cuando iba a la agencia de
Once. Estuve mal. Una lástima por mi sobrino. Quién sabe si algún día llega a
conocer el hipódromo.
Marcelo Fébula

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